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«Cuando se ama a una persona se desean saber hasta los más mínimos detalles de su existencia, de su carácter, para así identificarse con ella. Por eso hemos de meditar la historia de Cristo (…). Hace falta que la conozcamos bien, que la tengamos toda entera en la cabeza y en el corazón, de modo que, en cualquier momento, sin necesidad de ningún libro, cerrando los ojos, podamos contemplarla como en una película»1.
El cine no se limita a narrar la vida de un individuo de manera aislada, sino que busca mostrar su mundo de relaciones. A través de la interacción con otros personajes, comprendemos mejor al protagonista mirando sus decisiones y escuchando sus palabras. Y podemos, incluso, intuir sus afectos. Porque uno de los poderes del cine es, en efecto, provocar en el espectador una serie de emociones. Algo similar ocurre en el Evangelio. No solamente relata la vida de Cristo, sino que también nos revela cómo era su trato con la gente que lo acompañaba. Al contemplar sus reacciones, podemos percibir también sus sentimientos y aprender de su manera de amar a los demás. «No se trata solo y sencillamente de seguir el ejemplo de Jesús, como una cuestión moral, sino de comprometer toda la existencia en su modo de pensar y de actuar. La oración debe llevar a un conocimiento y a una unión en el amor cada vez más profundos con el Señor, para poder pensar, actuar y amar como él, en él y por él. Practicar esto, aprender los sentimientos de Jesús, es el camino de la vida cristiana»2.
Esta recopilación de artículos de diversos autores, editados para mantener una cierta uniformidad de estilo y publicados previamente en la página web del Opus Dei, presenta algunos episodios de la infancia y de la vida pública de Jesús en clave cinematográfica. Como sucede con cualquier película, estos textos son solo una interpretación del pasaje en cuestión, y no pretenden fijar una determinada visión ni abarcar todos los análisis posibles. Por eso, se procura distinguir entre lo que está relatado en el Evangelio y lo que es la apreciación personal del autor –por ejemplo, el modo en que describe ciertas situaciones o las reacciones interiores de los personajes–.
El prelado del Opus Dei ha insistido en la necesidad de considerar «la centralidad de la Persona de Jesucristo, a quien deseamos conocer, tratar y amar. Poner a Jesús en el centro de nuestra vida significa adentrarse más en la oración contemplativa en medio del mundo, y ayudar a los demás a ir por "caminos de contemplación" (San Josemaría, Amigos de Dios, 67)»3. Precisamente el objetivo de estas páginas es que el lector pueda, a través de la imaginación, sumergirse en los pensamientos de Cristo y de aquellos que lo acompañaron; situarse, como uno más, en los lugares por donde pasó; ser el protagonista de sus parábolas; maravillarse ante los milagros y los discursos. En definitiva, «seguir tan de cerca al Señor, que oigamos el rumor de sus pisadas, que escuchemos el aliento de su respiración, que percibamos sus más íntimas confidencias con los que había escogido»4.
Así, al recorrer la vida de Jesús como si fuera una película, podremos reflejar sus mismos sentimientos para llevar su amor a quienes nos rodean. «La mejor motivación para decidirse a comunicar el Evangelio es contemplarlo con amor, es detenerse en sus páginas y leerlo con el corazón. Si lo abordamos de esa manera, su belleza nos asombra, vuelve a cautivarnos una y otra vez. Para eso urge recobrar un espíritu contemplativo, que nos permita redescubrir cada día que somos depositarios de un bien que humaniza, que ayuda a llevar una vida nueva. No hay nada mejor para transmitir a los demás»5.