ÁNGELUS
Sábado, 15 de agosto de 2026

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy celebramos la solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María. Una fiesta de gran importancia, tanto para la teología católica como para la piedad popular; efectivamente, es una celebración muy apreciada en muchas comunidades, especialmente en donde la catedral o la iglesia parroquial están dedicadas a Nuestra Señora de la Asunción.

Para contemplar este misterio de la fe, podemos recurrir a los dos modelos iconográficos con los que, a lo largo de los siglos, los artistas lo han representado.

El primero, el más antiguo, que fue el único durante casi un milenio, es el de la «dormición» de la Madre de Dios: ella aparece recostada sobre un ataúd, dormida en la muerte; a su alrededor están los apóstoles, quienes la veneran conmovidos en oración; en el centro, de pie, se encuentra Jesús resucitado, quien sostiene en sus brazos el alma de María, como a una niña recién nacida. Ha venido a buscarla para llevarla consigo a la gloria de Dios, "al cielo", como decimos simbólicamente. El Señor ha cumplido en su Madre aquello que prometió a todos sus amigos: «Cuando vaya [al Padre] y les prepare un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde estoy yo estén también ustedes» (Jn 14, 3).

Este primer modelo pone de relieve la verdad central: es Cristo, muerto y resucitado, quien nos conduce a la meta a la que desde siempre hemos sido destinados, a la vida eterna. Es lo que generaciones y generaciones de fieles han contemplado al orar frente a las imágenes de la Dormición, y que se puede admirar en Roma, en el gran mosaico del ábside de la Basílica de Santa María la Mayor.

La iconografía más reciente, que se desarrolló posteriormente en Occidente, nos muestra, por el contrario, a la Virgen María de cuerpo entero, en el cielo, rodeada de luz, a menudo con ángeles y santos alrededor. En esta, se encuentra el cuerpo glorificado de la Virgen en el centro, conforme a lo que se lee en el libro del Apocalipsis: «Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Ap 12, 1).

Algunos artistas han juntado ambos esquemas, representando a la Virgen gloriosa en alto y su tumba vacía abajo, frecuentemente llena de flores de diversos colores, y a los apóstoles con la mirada fija hacia ella, en el cielo.

Este segundo modelo pone de relieve la verdad de que María fue asunta en cuerpo y alma, es decir, en la integridad de su persona. Esa mujer que en la tierra dio cuerpo y sangre al Verbo encarnado y lo siguió hasta la unión perfecta en el sacrificio de amor, fue atraída por Él a la gloria para siempre.

De este modo, esta iconografía nos permite también contemplar nuestro destino final. La plenitud de vida, que hoy admiramos con alegría en María, nos espera también a nosotros, al final de los tiempos, cuando, como dice san Pablo, Cristo Resucitado «transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso» (Flp 3, 21), vistiendo lo que es corruptible de incorruptibilidad y lo que es mortal de inmortalidad (cf. 1Co 15, 54). Entonces, con nuestra carne transformada por el amor del Redentor, viviremos para siempre, en la fiesta sin fin.

¡Alabemos al Señor, que ha hecho grandes cosas en su Santísima Madre, que es también la nuestra!