Carta «Meum gaudium»

Carta nº 14. Sobre el trabajo profesional, como medio específico para alcanzar la santidad; también designada por el íncipit Meum gaudium, lleva la fecha del 15 de octubre de 1948 y salió impresa en enero de 1966.

1a Trabajo ordinario en el mundo

Mi alegría es vuestra alegría, porque permanecéis seguros en la certeza de que, por la vocación que hemos recibido, nuestro trabajo ordinario en el mundo –el propio de cada uno– es para nosotros el medio específico más eficaz de lograr la perfección cristiana, haciendo un apostolado fecundo.

1b La vocación nos da un nuevo sentido de la vida

Hijas e hijos míos: Dios se ha metido en nuestro camino, con su omnipotencia soberana nos ha complicado la vida, dándole un sentido nuevo. Sin embargo, sabéis bien que en lo exterior nada ha cambiado; el Señor quiere que le sirvamos precisamente donde nos condujo nuestra vocación humana: en nuestro trabajo profesional: unusquisque, in qua vocatione vocatus est, in ea permaneat 1, permanezca cada uno en la vocación que tenía, en el momento en el que Dios le llamó.

2a Sin separarnos de nuestro trabajo

Cuando, llevados de la mano del Señor, comenzamos a edificar la Obra, nuestro modo de proceder parecía una cosa nueva. De ordinario, aun en los apostolados modernos, la gente, al dedicarse al servicio de Dios, dejaba su trabajo profesional, para lanzarse a cosas ajenas a su profesión, a su vocación humana. Aquí hemos dicho que no. Se admiten esas excepciones encantadoras, que son necesarias sobre todo para la labor interna de gobierno espiritual o de formación; y aun estas labores –en Casa– son trabajos profesionales, que exigen una preparación previa y cuidadosa. Pero lo corriente es que cada uno busca su santificación en el lugar, en el estado y en la profesión que tenía antes de venir al Opus Dei, o en el que hubiera ocupado si no hubiese venido: trabajando, como los demás compañeros de su propio ambiente.

2b Un ejemplo

Dos años hace desde que, de acuerdo con las necesidades de la Obra, me trasladé a Roma. Era mi principal ocupación en aquellos días hacer entender la Obra a las personas que gobiernan la Iglesia Universal; llegó un momento, en el que decidí utilizar un ejemplo que me pareció muy gráfico. Hablando con el Cardenal Lavitrano, le mostré la fotografía de un hermano vuestro, cantante de ópera, mientras estaba actuando en un teatro. Y comenté: ¿se entiende bien ahora que somos gente corriente, que lo nuestro es santificar todas las profesiones, todos los modos de trabajar propios de los hombres que no se apartan del mundo?

3a Dios quiere que amemos el trabajo

El trabajo en la Sagrada Escritura

Ciertamente, hijas e hijos míos, al venir al Opus Dei y obrar así, no hemos hecho más que recordar que Dios ha querido que amemos el trabajo. Cuando la Escritura narra la creación del primer hombre, nos cuenta que tomó Yaveh al hombre y lo puso en el jardín del Edén, ut operaretur, para que trabajara 2.

3b Después del pecado, permanece la misma realidad de trabajo, unido –a causa de ese pecado– al dolor, a la fatiga: comerás el pan con el sudor de tu frente 3, se lee en el Génesis. No es el trabajo algo accidental, sino ley para la vida del hombre: sex diebus operaberis, septimo die cessabis 4, trabajarás durante seis días, el séptimo descansarás.

3c Uno de los salmos, que describe la armonía maravillosa que Dios ha puesto en el universo, donde todo tiene su curso, donde todo está ordenado y obedece a los designios divinos, nos dice: hiciste las tinieblas con las que comienza la noche, durante la que corretean todas las fieras de la selva, y los leones rugen con ansias de encontrar la presa, solicitando de Dios el alimento. En cuanto sale el sol, se retiran y se recuestan en sus madrigueras; entonces sale el hombre a su tarea, a su dura faena hasta que llegue la tarde. ¡Cuán numerosas son, oh Yaveh, tus obras! ¡Todas las hiciste con sabiduría! 5. El Eclesiástico añade: hijo, sé constante en tu profesión y ocúpate de ella, de tal manera que envejezcas en tu oficio 6.

3d Ejemplo de Cristo

En fin, tenemos el ejemplo de Jesús que, ¡durante treinta años!, permaneció en Nazareth trabajando, desempeñando un oficio; artesano, dice la Escritura 7. La tradición añade: carpintero. En manos de Jesús el trabajo, y un trabajo profesional similar al que desarrollan millones de hombres en el mundo, se convierte en tarea divina, en labor redentora, en camino de salvación.

4a Grandeza humana y divina del trabajo

Aunque no han faltado quienes afirmaran que el trabajo no es una realidad que se pueda santificar, hemos de recordar a los hombres que nuestra fe católica proclama bien alta la dignidad del trabajo, la grandeza humana y divina de la vocación de trabajadores.

4b El trabajo no es una maldición

Para algunos el trabajo es una maldición, un peso que se rehúye; y puede ser que, a veces, no les falte razón, porque la injusticia de otros hombres haya convertido ese trabajo concreto en tarea ingrata e inhumana. Pero por su naturaleza no es así.

4c Es participación en la obra creadora, vínculo de unión, fuente de recursos, camino de santidad

El trabajo es participación en la obra creadora, es vínculo de unión con los demás hombres y medio para contribuir al progreso de la humanidad entera, es fuente de recursos para sostener a la propia familia, es ocasión de perfeccionamiento personal, es –e importa en gran manera decirlo muy claramente– modo y camino de santidad, realidad santificable y santificadora. Supone –lo sabemos bien, porque es una experiencia vivida cada día– esfuerzo y, por tanto, cansancio y fatiga: es, sin embargo, evidente que nos proporciona una constante ocasión para sentirnos más cerca de Cristo que cargó sobre sí nuestros dolores 8.

5a El trabajo es un quehacer divino

Hijas e hijos míos, el espíritu del Opus Dei recoge la realidad hermosísima de que cualquier trabajo digno y noble en lo humano, puede convertirse en un quehacer divino. No hay incompatibilidad entre la moral cristiana, entre la perfección cristiana, y cualquier profesión lícita, intelectual o manual, de esas que la gente califica como importantes o de esas que considera humildes.

5b No hay oficios de poca categoría

Todas las profesiones pueden ser santificables

Pensad que, en el servicio de Dios, no hay oficios de poca categoría: todos son de mucha importancia. La categoría del oficio depende de las condiciones personales del que lo ejercita, de la seriedad humana con que lo desempeña, del amor de Dios que ponga en él. Es noble el oficio del campesino, que se santifica cultivando la tierra; y el del profesor universitario, que une la cultura a la fe; y el del artesano, que trabaja en el propio hogar familiar; y el del banquero, que hace fructificar los medios económicos en beneficio de la colectividad; y el del político, que ve en su tarea un servicio al bien de todos; y el del obrero, que ofrece al Señor el esfuerzo de sus manos.
5c Sabéis bien que no se prohíbe el ejercicio de ninguna profesión honesta a los socios del Opus Dei, que deben –por el contrario– elevar y santificar todas las profesiones, convirtiéndolas en instrumento de santidad propia y ajena, en ocasión de apostolado.

6a Quicio de la espiritualidad de la Obra

Toda la espiritualidad del Opus Dei se apoya, como la puerta en el quicio, en el trabajo profesional ejercido en medio del mundo. Sin vocación profesional, no se puede venir al Opus Dei: faltaría la misma materia que hay que santificar y con la que nos tenemos que santificar.
6b El Señor nos ha dado a cada uno cualidades y aptitudes concretas, unas determinadas aficiones; a través de los diversos sucesos de vuestra vida se ha ido perfilando vuestra personalidad y habéis visto, como más propio, un cierto campo de actividades. Al trabajar después en ese campo concreto, se ha configurado progresivamente vuestra mentalidad, adquiriendo las características peculiares de ese oficio o profesión.

6c Vocación profesional, parte importante de la vocación divina

Todo eso –vuestra vocación profesional– habéis de conservarlo, puesto que es cosa que pertenece también a vuestra vocación a la santidad. Os he dicho mil veces que la vocación humana es una parte, y una parte importante, de nuestra vocación divina, porque nuestra vida puede resumirse diciendo que hemos de santificar la profesión, santificarnos en la profesión y santificar con la profesión.
7a Vuestro trabajo profesional –con todo lo que trae consigo de deberes de estado, de relaciones sociales, de participación en la vida civil– no es solamente el ámbito dentro del que os santificáis, sino que también es –insisto– lo que debéis santificar y un medio específico para conseguir vuestra propia santificación y la de los demás. Sois ciudadanos de la ciudad terrena, en la que vivís con absoluta libertad y responsabilidad personales; y a la vez plenamente miembros de la ciudad de los santos, llamados a la perfección cristiana.

7b El trabajo, medio de santidad y de apostolado

Hijas e hijos míos, no lo olvidéis: si es verdad que la vocación profesional es parte de nuestra vocación divina, lo es en tanto en cuanto el trabajo profesional –intelectual o manual– es medio para nuestro apostolado y para nuestra santificación: para servir a Dios, para servir a todas las almas por Dios. Si en algún momento la vocación profesional supone un obstáculo, entonces se echa a rodar, porque ha dejado de ser medio; si absorbe de tal modo que dificulta o impide la vida interior o el fiel cumplimiento de los deberes de estado; si no es anzuelo que atraiga a las gentes, no me interesa y no es parte de la vocación divina, porque ya no es vocación profesional, sino vocación diabólica. En tanto en cuanto es medio para santificarnos y para santificar a los demás, he dicho, la vocación profesional es parte de nuestra vocación divina.

8a Desprendimiento de la labor profesional

Todos hemos oído hablar de aquellas barcas llenas de objetos preciosos, que, ante el peligro de ir a pique, se salvaban porque la tripulación arrojaba al mar todos los tesoros, todas las joyas que transportaban. Si un día –no tiene por qué suceder, y no sucede cuando hay talento y humildad–, si un día –digo– os pareciera ver una oposición, en la labor profesional, entre la libertad y la vocación, es la hora de tomar ejemplo de los marineros y echar por la borda todo lo que estorba, y decir al Señor: ecce ego quia vocasti me 9, aquí estoy porque me has llamado; ut iumentum10, como un borrico de Dios.

8b Libertad interior

Entonces nos damos cuenta de que tenemos más libertad que nunca, y somos más felices. Además –os lo aseguro– no se pierde el bagaje; se recupera, al calmarse el mar revuelto de las propias pasiones, cuando se tiene un poco de formación y se habla con sinceridad: ut iumentum!, haremos lo que sea, con la docilidad, con la humildad, con la perseverancia y con la sabiduría del borrico.

8c La verdadera vocación profesional nunca se pierde

No se pierde, repito, la vocación profesional, porque –una vez purificada la intención– vuelve a verse en un orden superior, mejor que nunca: es siempre áncora, siempre anzuelo, medio de santificación personal y medio de apostolado: y comprendemos con luz clara la unidad divina entre nuestro trabajo humano y nuestra labor apostólica, que –sin esa unión– haría imposible, ineficaz, nuestra dedicación a Dios en el mundo, en nuestro estado y en nuestra profesión u oficio.

9a No ha de haber oposición entre el trabajo y la entrega a Dios

Por lo demás, ese aparente conflicto es excepcional: lo ordinario es que no se presenten dificultades de ese estilo. Si vivís de acuerdo con nuestro espíritu, no tiene por qué haber oposición entre vuestro trabajo profesional y vuestra vida de entrega a Dios: al contrario, se ayudan mutuamente. Porque el trabajo profesional os da sentido de responsabilidad, madurez humana y todo un conjunto de virtudes naturales, que vienen a ser fundamento de las sobrenaturales.

9b Y a su vez la vocación divina os lleva a realizar mejor el trabajo humano, procurando hacer de él obra perfecta: puesto que es lo que tenéis que ofrecer a Dios, y a Dios no se le debe ofrecer lo defectuoso, lo que está mal hecho11.

10a Trabajar bien: en la Obra no caben los holgazanes

Si queremos santificar el trabajo, hay que cumplir ineludiblemente una primera condición: trabajar, y trabajar bien. En la Obra no puede haber holgazanes. Si alguno viniera a la Obra y no trabajara, si no remediara esa inclinación a la holganza, a los pocos días comprenderá que no sirve. Hay muchas cosas que hacer en el mundo, y nuestro afán apostólico nos tiene que llevar a excedernos, en la tarea humana que nos sea propia. Nuestra vocación pide que se nos aplique aquella frase del Evangelio: omni habenti dabitur12, al que ya tiene trabajo, se le dará más; el que pueda hacer como diez, tiene que hacer como quince. En la guerra como en la guerra: porque nuestra vida es una pelea bendita de sembradores de paz, de convivencia, de amor.

10b Trabajo profesional intenso

Trabajo profesional intenso, que habéis de hacer compatible con el cuidado de vuestro hogar –todas nuestras casas son hogares–, con las amables exigencias de nuestra vida de familia, con los encargos apostólicos que se os puedan encomendar, con la atención debida a vuestros hermanos.

10c No nos puede sobrar el tiempo

No entiendo que un hijo mío esté mano sobre mano, matando el tiempo, como suele decirse. ¡Qué pena matar el tiempo que es un tesoro de Dios! Si un hijo mío, si una hija mía, dijera que le sobra tiempo, es que no cumple con su deber. A mí, siempre me quedan cosas para el día siguiente. Hemos de llegar a la noche, después de un día lleno de trabajo, con faena de sobra para la siguiente jornada. Hemos de llegar a la noche cargados, como borriquillos de Dios.

11a El borrico de noria

Me gusta hablar de nuestra vida de trabajo, usando una metáfora, una parábola: la del borrico de noria. Me atrae ese animal paciente y laborioso, porque el borrico es recio y austero, porque es humilde. Pero, sobre todo, porque trabaja: porque sabe perseverar día tras día dando vueltas a la noria, sacando el agua que hace florecer el huerto. El borrico se conforma con todo, hasta con los palos. Trabaja y trabaja, y con un puñado de paja o de hierba tiene bastante. Así hasta el fin, porque la historia de mi borrico termina bien: muere trabajando. Y que lo destrocen después, que lo despellejen y que, con su piel, hagan tambores, para una guerra de paz; y zambombas, para cantar al Niño Dios.
11b Esa es nuestra vida. Muchas veces pienso que sería una comodidad morirse pronto. No deseo la muerte: debemos desear vivir muchos años, y trabajar. Es propio de nuestra vocación morir viejos, y bien estrujados, como un limón que no puede dar ni una gota más.

12a Razones que nos mueven a trabajar

Imitar a Cristo

Son muchas las razones que nos mueven a trabajar; entre ellas: el deseo de imitar a Cristo, que experimentó en su propio cuerpo el cansancio hasta sentirse fatigatus ex itinere13; la fidelidad a nuestra vocación humana; la necesidad de mostrar con el ejemplo el valor santificador del trabajo.

12b Ganarse la vida

No quiero dejar de aludir a otra razón más que, aunque pueda parecer de menor importancia, la tiene, y mucha: el ganarnos la vida, el mantenernos a nosotros mismos, y sostener nuestras tareas apostólicas. No quiero señoritos: quiero el señorío del trabajo. Todos los miembros de la Obra tienen que trabajar, y ganar por lo menos lo suficiente para vivir y para ayudar, siquiera un poco, al sostenimiento de nuestras obras corporativas.
12c Por eso, he dispuesto que, a todos los que vienen a la Obra, se les pregunte con qué trabajo cuentan para sostenerse; aunque sean jóvenes, aunque estén estudiando: siempre podrán hacer algo dando clases, encargándose de realizar traducciones, o cosas semejantes.

13a Nadie puede dejar de trabajar

Nadie puede sentirse descargado de ese deber: va en esto la seriedad de nuestra vocación. En la vida social, todos trabajan, sean o no jefes de familia: no solo están en su labor las horas razonables, las que tienen todos, sino que muchos de ellos, llevados por su pasión, o por la necesidad de obtener mayores beneficios, dedican más tiempo todavía al ejercicio de su profesión.

13b Siervos inútiles

No hacemos un favor al Señor, cuando estamos sujetos a una labor intensa, con sus exigencias de horario, de puntualidad, de eficiencia; nuestra actitud debe ser la que el Señor pone en labios de aquellos siervos de la parábola: servi inutiles sumus: quod debuimus facere fecimus14, somos siervos inútiles: no hemos hecho más que aquello que teníamos obligación de hacer.
13c Trabajar. Muchas horas de trabajo al día, sintiendo la urgencia de las necesidades, también económicas, de esta familia sobrenatural que formamos: esto es tener sentido de responsabilidad, esto es querer ser santos y servir a Dios.

14a Trabajo, enfermedad crónica

Sé bien, hijas e hijos míos, que no hace falta que os insista en este punto: el trabajo es una realidad en nuestras vidas, y sabéis, como yo, lo que es el cansancio y el sacrificio. Tenemos una enfermedad crónica en el Opus Dei, que es el trabajo; una enfermedad contagiosa, incurable y progresiva: no sabemos estar sin hacer nada.
14b Me parece, por eso, oportuno recordaros la conveniencia del descanso. Si llegara la enfermedad, la recibiremos con alegría, como venida de la mano de Dios; pero no podemos provocarla con nuestra imprudencia: somos hombres, y necesitamos reponer las fuerzas de nuestro cuerpo.

14c Descanso

De ahí el descanso que he querido que viváis. Descansar, por otra parte, no es no hacer nada: es cambiar de ocupación; en realidad, vivido con nuestro espíritu, el mismo descanso –y también la enfermedad y la vejez, cuando vengan– es verdadero trabajo. Se descansa, para continuar trabajando; y se santifica el descanso, y nos santificamos en él.
15a Nuestro trabajo es un trabajo en medio del mundo, y un trabajo profesional. Por eso, al recordaros la necesidad de trabajar, he de recordaros al mismo tiempo la necesidad de trabajar bien. No se trata solo de llenar las horas, sino de trabajar con competencia técnica y profesional.

15b Trabajo profesional, no de aficionados

El trabajo no puede ser nunca para vosotros un juego, que no se toma en serio; ni tampoco cosa de dilettanti o de aficionados. Qué me importa a mí, que me digan de uno de mis hijos que es, por ejemplo, un mal maestro y un buen hijo mío: si no es un buen maestro ¿de qué me sirve? Porque, en realidad, no es un buen hijo mío, si no ha puesto los medios para mejorar en su profesión. Hemos de trabajar como el mejor de los colegas. Y si puede ser, mejor que el mejor. Un hombre sin ilusión profesional no me sirve.

16a A la Obra no le importa el éxito temporal

La Obra no hace acepción de personas: hemos venido, por el contrario, a recordar que todos los trabajos son nobles y dignos. Lo que nos exige la Obra es que todos hagamos rendir nuestros talentos, que trabajemos con sentido de responsabilidad, sin abandonos ni ligerezas.

16b Trabajar con seriedad y constancia

Es muy posible, hijas e hijos míos, que –como consecuencia de vuestro esfuerzo constante y ordenado– algunos, o muchos de vosotros, lleguéis a sobresalir en vuestras respectivas profesiones. Tenéis cualidades y aptitudes que os ha dado el Señor; además, en igualdad de condiciones, y aun en inferioridad de condiciones de talento, cultura, etc., el que vence la pereza de modo habitual –hoy, ahora– es el que destaca siempre. Sabéis bien que a la Obra no le importa que lleguéis, que triunféis, o no: le importa que seáis fieles y que trabajéis con seriedad.

16c Sabéis también que, si llegáis, habrá sido por vuestro esfuerzo personal, sin recibir ningún apoyo material por parte de la Obra. El Opus Dei es una obra apostólica: no mira más que a las almas. El Opus Dei no es un instrumento para servir ambiciones humanas: es de Dios y de la Iglesia.

17a No existen ayudas temporales por parte de la Obra

No os extrañéis, sin embargo, de que algunos no lo entiendan, y hablen de ayudas ocultas y de otros enredos semejantes, que su conciencia poco recta les hace imaginar. Lo que más temen los enemigos de la Iglesia –y también aquellos otros que, con mentalidad exclusivista de partido único en el ambiente civil y en el religioso, quieren servirse de la Iglesia–, es que los cristianos que viven en el mundo se decidan a ser consecuentes con su fe, a demostrar con las obras que se puede ser a la vez plenamente cristiano y plenamente fiel a la tarea humana.

17b Con la Obra, esa realidad humana y sobrenatural se manifiesta de veras: no os sorprenda, pues, que se asusten los que no aman a Dios. Explicad las cosas con sencillez, a quienes sean capaces de entenderlas, y seguid adelante cum gaudio et pace, haciendo el bien, puesto que somos hijos de Aquel que pertransiit benefaciendo15.

18a Rectitud de intención

Una recomendación os hago: no perdáis jamás la rectitud de intención. Hace años visitaba con frecuencia, acompañado por hermanos vuestros, la catedral de Burgos; subiendo hasta lo alto de una de las torres, contemplábamos toda la crestería del noble edificio, que –como es corriente en las iglesias góticas– está adornada con multitud de relieves y estatuas, como con un encaje de piedra. Son labores no ya esbozadas, sino acabadas hasta en el último detalle, a pesar de que desde abajo apenas se ven. Después de hacerlo notar a los que me acompañaban, comentaba siempre: los que hicieron esto, si vivieran hoy, podrían ser del Opus Dei, porque trabajaban cara a Dios y no cara a los hombres.

18b Sin ambicionar gloria humana

Os lo repito ahora, hijas e hijos míos: trabajad cara a Dios, sin ambicionar gloria humana. Algunos ven en el trabajo un medio para conquistar honores, o para adquirir poder o riqueza que satisfaga su ambición personal, o para sentir el orgullo de la propia capacidad de obrar.

18c El trabajo es servicio a todos los hombres por amor de Dios

Los hijos de Dios en su Opus Dei no vemos jamás en nuestro trabajo profesional algo relacionado con el egoísmo, la vanidad o la soberbia: vemos solamente una posibilidad de servir a todos los hombres por amor a Dios. Ora comáis, ora bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo a gloria de Dios16, porque –añade en otro lugar el Apóstol– omnia enim vestra sunt, vos autem Christi, Christus autem Dei17; todas las cosas son vuestras, pero vosotros sois de Cristo, y Cristo de Dios.

19a La experiencia es fruto del trabajo constante

Conviene especialmente recordar esta faceta central de nuestro espíritu a mis hijas y a mis hijos jóvenes, porque –en los comienzos de la actividad profesional– hay que estar vigilantes, para evitar que los éxitos profesionales o los fracasos, que puedan venir, les hagan olvidar, aunque solo sea momentáneamente, cuál es el verdadero fin de su trabajo.
19b Es fácil en esas circunstancias valorar exageradamente las cosas, y pensar que están llamados a ocupar puestos preeminentes o, por el contrario, que no sirven: todo eso es fruto de la inexperiencia juvenil, pero puede ser también, si no se corta a tiempo, el comienzo de una visión terrena de las cosas, y una falta de fe.

19c Enseñad, a todos, que hacen falta muchos años de trabajo constante –con éxitos y con fracasos–, para lograr la suficiente experiencia y poder dar frutos maduros; y que, siempre y en todo momento, nuestro corazón debe estar puesto en el Señor, porque allí donde está nuestro tesoro, allí debe estar nuestro corazón18.

19d Motivos humanos: ejemplos

Que todos, los jóvenes y los mayores, consideren con frecuencia la intención con que realizan su trabajo, teniendo presente que son manifestaciones de falta de rectitud de intención: moverse por motivos humanos, no cuidar los detalles pequeños, desatender la vida de familia o los encargos apostólicos, no aprovechar su trabajo profesional –prestigioso o no–, para hacer una honda labor de apostolado.

20a Trabajo y vida interior

Al trabajar no hacéis una tarea meramente humana, porque el espíritu del Opus Dei es que la convirtáis en obra divina. Con la gracia de Dios, dais a vuestro trabajo profesional en medio del mundo su sentido más hondo y más pleno, al orientarlo hacia la salvación de las almas, al ponerlo en relación con la misión redentora de Cristo.

20b El trabajo es operatio Dei

Hemos de conducir a Jesucristo la creación entera: cuando dejamos que Jesús habite en nosotros, en nuestra vida hay una virtud muy superior a la del legendario rey Midas: él convertía en oro todo cuanto tocaba; nosotros, de este trabajo humano, hacemos –por amor– Obra de Dios, Opus Dei, operatio Dei, labor sobrenatural.

20c Unión con Dios en el trabajo

Pero es necesario que Jesús y, con Él, el Padre y el Espíritu Santo, habiten realmente en nosotros. Por eso, santificaremos el trabajo, si somos santos, si nos esforzamos verdaderamente por ser santos. Nuestra misión es divina, y solo la realizaremos en unión con Dios: sine me nihil potestis facere19.
20d Si no tuvierais vida interior, al dedicaros a vuestro trabajo, en lugar de divinizarlo, os podría suceder lo que sucede al hierro, cuando está al rojo y se mete en el agua fría: se destempla y se apaga. Habéis de tener un fuego que venga de dentro, que no se apague, que encienda todo lo que toque. Por eso he podido decir que no quiero ninguna obra, ninguna labor, si mis hijos no se mejoran en ella. Mido la eficacia y el valor de las obras, por el grado de santidad que adquieren los instrumentos que las realizan.

21a Necesidad de la vida interior

Con la misma fuerza con que antes os invitaba a trabajar, y a trabajar bien, sin miedo al cansancio; con esa misma insistencia, os invito ahora a tener vida interior. Nunca me cansaré de repetirlo: nuestras Normas de piedad, nuestra oración, son lo primero. Sin la lucha ascética, nuestra vida no valdría nada, seríamos ineficaces, ovejas sin pastor, ciegos que guían a otros ciegos20.

21b Trabajo y Normas de piedad

Hijas e hijos míos, si alguna vez el trabajo –aun disfrazado de celo apostólico– os impidiese cumplir con amorosa fidelidad las Normas de nuestro plan de vida, ya no estaríais haciendo el Opus Dei: lo vuestro entonces sería obra del demonio, opus diaboli.

21c Si queréis ser fieles no olvidéis esta doctrina divina, meditad en la presencia de Dios estas palabras del profeta: ¿quién será sabio para comprender estas cosas?, ¿quién tendrá inteligencia para conocerlas? Porque los caminos de Yaveh son rectos, y los justos los recorrerán, pero los impíos sucumbirán21.

21d Santa Misa

Hemos de encontrar nuestro alimento en la Misa, que es el centro de nuestra vida interior, en el encuentro con Cristo en el Evangelio y en la Sagrada Eucaristía, en la confianza amorosa con María Santísima, en la docilidad a las inspiraciones del Espíritu Santo, en el trato filial con nuestro Padre Dios. En una palabra: en el cumplimiento de nuestras Normas de vida, con el espíritu peculiar de la Obra.

22a Convertir el trabajo en oración y ser almas contemplativas

No entenderían nuestra vocación los que, interpretando mal lo que acabo de deciros, pensaran que nuestra vida sobrenatural se edifica de espaldas al trabajo: porque el trabajo es, para nosotros, medio específico de santidad. Lo que quiero deciros es que hemos de convertir el trabajo en oración y tener alma contemplativa.

22b Normas de piedad adaptadas al trabajo

Todo nuestro plan de vida, nuestras Normas y nuestras Costumbres están acomodadas y dispuestas para hombres y mujeres que trabajan en medio del mundo, desempeñando una actividad profesional. No son medios rígidos, que presupongan una vida aparte, sino un método flexible, que se adapta de maravilla a cualquier vida de trabajo profesional intenso, como el guante de goma se adapta con perfección a la mano que lo usa. Más aún, nuestra vida interior –contemplativa, en mitad de la calle– toma ocasión y aliento de la misma vida externa, del trabajo de cada uno.

22c Diálogo con el Señor durante el trabajo

Debéis mantener –a lo largo de vuestro día– un diálogo constante con el Señor, que se alimente de las mismas incidencias de vuestra tarea profesional. Id con el pensamiento al Sagrario, y ofreced al Señor la labor que tengáis entre manos; acudid a nuestra Madre del cielo y a Nuestro Padre y Señor San José, para que os ayuden a superar las pequeñas contradicciones que puedan presentarse; encomendad a vuestros compañeros y colegas a sus Ángeles Custodios; reavivad la intención apostólica, aprovechando las pausas en la labor; pedid luz al Espíritu Santo, para resolver de manera adecuada los problemas con que os enfrentéis.
22d No hacemos separación entre nuestra vida interior y el trabajo apostólico: es todo una misma cosa. La labor externa no ha de causar interrupción alguna en la oración, como el latir del corazón no interrumpe la atención a nuestras actividades, de cualquier tipo que sean.

23a Oración y trabajo no son incompatibles

Por si acaso tropezáis con alguno que afirme que la oración y el trabajo son incompatibles, quiero reproducir aquí un texto antiguo, donde se recoge una escena de la vida de uno de aquellos Padres del desierto que, aunque su vocación sea tan distinta de la nuestra –pues nosotros estamos llamados a vivir en medio de la muchedumbre–, tienen en común con nosotros el saberse almas contemplativas.

23b Un comentario del Abad Lucio

Vinieron –nos dice esa historia– algunos monjes de los llamados Euctitas a visitar al abad Lucio, en Enato. Les preguntó el anciano: ¿qué trabajo realizáis con vuestras manos? Respondieron: no nos dedicamos al trabajo, sino que, de acuerdo con el mandamiento del Apóstol, rezamos sin interrupción. Preguntó el anciano: ¿acaso no coméis? Le respondieron: sí, comemos. Comentó el anciano: cuando coméis, ¿quién reza en vuestro lugar? Y preguntó de nuevo: ¿acaso no dormís? Le respondieron: sí, dormimos. Replicó el anciano: cuando dormís, ¿quién reza en vuestro lugar? Y no encontraron qué respuesta darle.

23c Dijo entonces el anciano: perdonadme, pero no cumplís el precepto al que aludíais. Yo os enseñaré cómo, al mismo tiempo que trabajo con mis propias manos, rezo sin interrupción. Estoy junto a Dios mientras mojo los ramos que uso y, al entrecruzarlos después para hacer una guirnalda, digo: compadécete, Señor, de mí, según tu gran misericordia; según tu infinita ternura, borra mi iniquidad. ¿Acaso no es esto oración? Le respondieron: ciertamente, lo es 22 .

24a Práctica de las virtudes teologales en el trabajo

También nosotros, en nuestro trabajo hecho cara a Dios –en su presencia–, oramos sin interrupción, porque, al trabajar como nuestro espíritu lo pide, ponemos en ejercicio las virtudes teologales en las que está la cumbre del vivir cristiano.

24b Fe

Esperanza

Actualizamos la fe, con nuestra vida contemplativa, en ese diálogo constante con la Trinidad presente en el centro de nuestra alma. Ejercitamos la esperanza, al perseverar en nuestro trabajo, semper scientes quod labor vester non est inanis in Domino23, sabiendo que vuestro esfuerzo no es inútil ante Dios.

24c Caridad

Vivimos la caridad, procurando informar todas nuestras acciones con el amor de Dios, dándonos en un servicio generoso a nuestros hermanos los hombres, a las almas todas.

25a Mortificación y trabajo

Nuestra vida interior infunde así, en nuestro trabajo, fuerzas nuevas: lo hace más perfecto, más noble, más digno, más amable. No nos aleja de nuestras ocupaciones temporales, sino que nos lleva a vivirlas mejor. Os he enseñado siempre que no es verdadera mortificación, porque es un desorden, mortificarse cuando esa mortificación impide o retrasa el trabajo, o produce daño al cumplimiento de vuestros deberes profesionales y sociales.

25b Puntualidad, orden, perseverancia

La mortificación que nos pide el Señor está en el orden, en la puntualidad, en el cuidado de los detalles de la labor que realizamos; en el cumplimiento fiel del más pequeño deber de estado, aun cuando cueste sacrificio; en hacer lo que tenemos obligación de hacer, venciendo la tendencia a la comodidad.

25c No perseveramos en el trabajo porque tengamos ganas, sino porque hay que hacerlo; y entonces lo hacemos con ganas y con alegría. Sobre todo, hemos de continuar la tarea profesional con ilusión, aunque se acabe la ilusión en el trabajo comenzado: es frecuente celebrar la colocación de las primeras piedras, a mí me gusta bendecir las últimas.

25d Optimismo

Trabajar, trabajar con optimismo. Ese es el milagro grande que hacemos. Así ningún día es igual al siguiente, aunque hagamos todos los días lo mismo, porque el Amor a Dios –que ponemos– llena cada jornada de nuevo gustoso sacrificio y de nueva luz: de alegría y de paz.

26a Trabajo, fuente de santidad

Hijas e hijos míos, el trabajo –la profesión o el oficio que sea– es fuente de santidad. Si vivimos de este modo nuestra tarea humana, lograremos la perfección cristiana y, a la vez, santificaremos ese trabajo y santificaremos a los demás.

26b Debemos, para eso, hacer nuestra la actitud de Cristo Señor Nuestro, que no tuvo más anhelo que cumplir la voluntad de su Padre: meus cibus est, ut faciam voluntatem eius qui misit me, ut perficiam opus eius24, mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado, para dar así cumplimiento a su obra.

26c Hecho con rectitud, con nobleza, con lealtad, con justicia

Realizad pues vuestro trabajo sabiendo que Dios lo contempla: laborem manuum mearum respexit Deus25. Ha de ser la nuestra, por tanto, tarea santa y digna de Él: no solo acabada hasta el detalle, sino llevada a cabo con rectitud moral, con hombría de bien, con nobleza, con lealtad, con justicia. De ese modo vuestro trabajo profesional no solo será recto y santo, sino que, también por este título, será oración.

26d El trabajo es oración

Lo diré con palabras de un escritor antiguo, de un Padre de la Iglesia: os enseñaré un medio para alabar a Dios todo el día: siempre que hagáis una cosa, hacedla bien y habréis alabado a Dios. Cuando cantáis un himno, alabáis a Dios; pero ¿hace acaso algo tu lengua, si el corazón no alaba a la vez? ¿Habéis acabado de cantar el himno, y vais a comer? Guardaos de todo exceso, y habréis alabado a Dios. ¿Vais a dormir? No os alcéis para hacer el mal, y habréis alabado a Dios. ¿Tratáis un negocio? No defraudéis a nadie, y habréis alabado a Dios. ¿Cultiváis vuestro campo? No hagáis nunca querellas, y habréis alabado a Dios. La bondad de vuestras acciones es para vosotros un modo de alabar a Dios todo el día26.

27a Trabajo y caridad

Mandatum novum do vobis: ut diligatis invicem27. Un mandamiento nos da el Señor: la caridad, que nos amemos los unos a los otros. Para santificar vuestro trabajo es imprescindible que viváis, en todas vuestras ocupaciones terrenas, este mandato de Amor.

27b El egoísmo lleva a cada uno a pensar en sí mismo, a orientarlo todo hacia su beneficio personal. Pero vuestro afán apostólico os tiene que empujar no solo a vivir con extrema delicadeza la justicia, sino a excederos en la caridad. Que no os pase inadvertido nadie que esté a vuestro lado, que para todos tengáis palabras de amistad, obras de servicio, llevando a la práctica el consejo del Apóstol: alter alterius onera portate et sic adimplebitis legem Christi28, llevad los unos las cargas de otros, y así cumpliréis la ley de Cristo.

27c Ejemplos para vivir la caridad

Vivid vosotros, e infundid en los demás, ese espíritu. Manifestadlo en mil detalles de vuestra vida: en la atención con que escucháis a quien, tomando ocasión del trabajo, os hace partícipes de sus propios problemas; en la ayuda callada, que pasa incluso inadvertida, a quien se encontraba agobiado por no poder acabar su tarea; en el consejo desinteresado, que ayuda a vuestro compañero a mejorar su actividad.

27d Enseñar a trabajar

No reservéis para vosotros vuestros propios conocimientos: con las limitaciones que cada tipo de trabajo exija, os diré que el ideal de un hijo de Dios en el Opus Dei debe ser haber superado de tal manera el egoísmo, que aspire a no ser necesario nunca, transmitiendo a los demás su experiencia, de tal modo que los otros puedan comenzar donde él terminó.

28a Trabajo y servicio a todos

Vuestra caridad ha de ser amplia, universal: habéis de vivir de cara a la humanidad entera, pensando en todas las almas de todo el mundo. Esa actitud os llevará a rezar por todos y, en la medida de vuestras posibilidades, a ayudar a todos.

28b Virtudes en el trabajo

El trabajo ordinario, en medio del mundo, os pone en contacto con todos los problemas y preocupaciones de los hombres, puesto que son vuestras mismas preocupaciones y vuestros mismos problemas: sois cristianos corrientes, ciudadanos como los demás.

28c Amor

Vuestra fe os tiene que guiar, al juzgar sobre los hechos y las situaciones contingentes de la tierra. Con plena libertad obraréis, porque la doctrina católica no impone soluciones concretas, técnicas, a los problemas temporales; pero sí os pide que tengáis sensibilidad ante esos problemas humanos, y sentido de responsabilidad para hacerles frente y para darles un desenlace cristiano.
28d Vuestro amor a todos los hombres os debe llevar a afrontar los problemas temporales con valentía, según vuestra conciencia. No tengáis miedo al sacrificio, ni a asumir cargas pesadas. Ningún acontecimiento humano puede seros indiferente, antes al contrario todos deben ser ocasión para hacer bien a las almas y facilitarles el camino hacia Dios.

29a Comprensión sin nacionalismos ni lucha de clases

En estos momentos, en los que están aún patentes las ruinas de la última guerra, es bien manifiesto el surgir de situaciones nuevas y, por desgracia, el progreso de soluciones negadoras de Dios, sembradoras de odio, que llegan incluso a triunfar en naciones enteras. Os digo que, tanto el nacionalismo como la lucha de clases, son esencialmente anticristianos: todos somos hijos de un mismo Dios qui omnes homines vult salvos fieri29, que quiere que todos los hombres se salven.

29b Justicia y caridad

Portadores de Dios con el trabajo

Amad la justicia. Practicad la caridad. Defended siempre la libertad personal, y el derecho que todos los hombres tienen a vivir, y a trabajar, y a estar cuidados durante la enfermedad y cuando llega la vejez, y a constituir un hogar, y a traer hijos al mundo, y a educar esos hijos en proporción al talento de cada uno, y a recibir un trato digno de hombres y de ciudadanos.

29c Libertad personal

Os lo repito una vez más: tenéis plena libertad de criterio, obráis con libertad personal, vuestra es pues la responsabilidad. Que vuestro criterio sea siempre un criterio cristiano, y que la caridad inspire vuestro modo de actuar: así haréis obra apostólica, si además sabéis respetar la legítima opinión de los otros, conviviendo en la paz y en la comprensión.
30a Con vuestra vida contemplativa, y con vuestro actuar recto y responsable, lleváis a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrolla la actividad humana: al laboratorio, a la fábrica, a la oficina, a la Universidad, al trabajo de la tierra, a la vida cívica. En todos los sitios debéis dar testimonio de la fe que, por don de Dios, habéis recibido.

30b A todo cristiano se debería poder aplicar el apelativo que se usó en los comienzos: portador de Dios30. Obrad de tal modo que se pueda aplicar con verdad a vosotros ese admirable calificativo.
30c Portadores de Dios, no porque uséis en vano su nombre, sino porque se manifieste en vuestra conducta: en la fidelidad a la doctrina y a la moral católicas, en la seriedad con que desempeñáis vuestras tareas humanas, en la caridad con que tratáis a todos. Así seréis buenos servidores de Dios y de la Iglesia.

30d Para servir, servir

Recordadlo: para servir, servir. Porque hay algunos que dicen que sirven a Dios y en realidad no sirven para nada; católicos oficiales, que viven de llamarse católicos y que pretenden representar a la Iglesia; que con frecuencia se sirven de la Iglesia, y son ocasión de escándalo para los no cristianos: porque son malos médicos y pretenden tener pacientes, son malos abogados y quieren tener clientes, son malos escritores y quieren que los demás lean sus obras, son malos políticos y ambicionan tener seguidores. Hay que procurar ser buenos instrumentos, conocer bien el propio oficio o profesión, ser personas competentes. Llevad con vosotros a Jesucristo, pero –repito– no en el nombre, sino en la conducta, dando testimonio real de vida cristiana.

31a Trabajo y apostolado

Hijas e hijos míos: una advertencia importante. Mirad el ejemplo del Señor: no se limita a predicar a la muchedumbre, sino que se mete en la vida de aquellos con quienes se relaciona más de cerca: y lleva a Nicodemo a profundizar más en su conocimiento de la doctrina divina31, y mueve a la mujer samaritana a cambiar de vida32, y enseña a Marta cómo obrar en su trabajo33.

31b Vuestro empeño apostólico se ha de manifestar en la preocupación concreta y positiva por santificar a las personas singulares, que estén cerca de vosotros, por motivo de trabajo, de relaciones sociales, o por cualquier otra razón. Que nadie, que se acerque a vosotros, pueda decir después que no se sintió empujado a tratar más a Jesucristo, a amar más a Dios.

31c Rectitud de intención

Os decía antes que un buen índice de la rectitud de intención, con la que debéis realizar vuestro trabajo profesional, es precisamente el modo en que aprovecháis las relaciones sociales o de amistad, que nacen al desempeñar la profesión, para acercar a Dios esas almas: llegando, en su caso, si se ven las oportunas circunstancias, a plantearles el problema de su vocación. Vuestro trabajo profesional, y el prestigio que de él pueda derivarse, han de ser anzuelo de pescador, y ¿acaso puede decirse de alguien que es pescador, si no pesca?

31d Afán de apóstoles

Me daría mucha pena, si un hijo mío me hablara solo de sus éxitos profesionales. Puede y, a veces, debe hablar: pero lo que quiero oír de vosotros es un recuento de los frutos de vuestro apostolado, de las vocaciones que promovéis, de las almas que acercáis a Dios. Si no, no creería en la sinceridad de vuestro afán de apóstoles.

32a Posibles cambios en el trabajo profesional

Precisamente con relación a este tema de vuestra alma de apóstoles, hay un punto en el que quiero detenerme. Decía, al principio, que vuestra vocación profesional es parte de vuestra vocación divina; y os advertía que si alguna vez hubiera un conflicto entre vuestra santidad y la labor profesional, era señal de que aquello, que estorbaba, no era verdadera vocación profesional, y habíais de tener, por tanto, la valentía de arrojarlo por la borda.
32b Quiero ahora dejar bien claro que la labor profesional –aparte de esos posibles casos de aparente conflicto–, no solo ha de estar informada por la intención apostólica, sino que debéis vivirla teniendo presentes las necesidades del apostolado.
33a Al llegar a la Obra, se os dijo que no se os sacaba de vuestro sitio, de vuestra ocupación profesional. Sabéis bien que eso no quiere decir que no podáis cambiar de trabajo: quiere decir que, por el hecho de vuestra vocación divina, no abandonáis el mundo, sino que permanecéis en él con todo lo que eso trae consigo.

33b La vocación profesional se va concretando a lo largo de la vida

La vocación profesional es algo que se va concretando a lo largo de la vida: no pocas veces el que empezó unos estudios, descubre luego que está mejor dotado para otras tareas, y se dedica a ellas; o acaba especializándose en un campo distinto del que previó al principio; o encuentra, ya en pleno ejercicio de la profesión que eligió, un nuevo trabajo que le permite mejorar la posición social de los suyos, o contribuir más eficazmente al bien de la colectividad; o se ve obligado, por razones de salud, a cambiar de ambiente y de ocupación.
33c El que era médico acaba siendo negociante; el que era obrero, dirigiendo un pequeño taller; el que era campesino, trasladándose a la ciudad y empleándose en una fábrica; el que era abogado, administrando las fincas que heredó de sus padres o dirigiendo una banca.
34a Hijas e hijos míos, con vosotros sucede igual: sois uno más –iguales a vuestros colegas del mundo–, y vuestra vida está sometida a las mismas reglas que las de los otros. Y es esa vida, con todos los cambios que puedan traer consigo las diversas circunstancias en las que os encontráis, la que habéis de santificar.

34b Tener siempre una mira apostólica

Mi intención era recordaros algo muy sencillo y corriente: de la misma manera que el padre de familia, al considerar su trabajo, piensa no solo en sus aficiones personales, sino en el bien de sus hijos; de esa misma manera vosotros no debéis perder de vista el bien del apostolado. No es contrario a vuestra vocación profesional, y es muestra de buen espíritu, si ante diversas posibilidades igualmente libres, escogéis aquella en la que se os presenta ocasión de hacer una tarea espiritual más fecunda.

35a Deber de los Directores de hacer rendir

Con el fin de facilitar que se viva esta doctrina, he recordado a los Directores que tienen el deber de conocer las condiciones y aptitudes personales de sus hermanos, de modo que puedan aconsejarles y orientarles –con un consejo fraterno, que respeta la personalidad y la libertad del interesado– hacia las actividades para las que estén más dotados o que, en un momento determinado, tengan un mayor interés apostólico.

35b De tal manera, podrán también prever posibles deformaciones; por ejemplo, la que se derivaría de una excesiva especialización, que fuera en contra de la formación cultural que todo hombre necesita: no nos queremos especializar tanto, que –de puro sutiles– nos quebremos.
35c Es tan necesario el conocimiento de las actitudes personales de mis hijos, que cuando en una Región los de Casa no rinden lo conveniente, suelo decir que una buena parte de la culpa es de los que hacen cabeza, porque no conocen suficientemente a sus hermanos y, luego, no saben poner las piezas en su lugar, aconsejándoles con sentido sobrenatural.

36a Todos los Numerarios y los Oblatos han de estar dispuestos a abandonar la labor profesional más floreciente, para dedicarse a las tareas más humildes, si así lo dispusieran los Directores. Pongamos un ejemplo.

36b La piedra filosofal

Si un hijo mío, químico, tiene una probeta en la mano, y con solo echar tres gotas va a inventar la piedra filosofal; si en aquel mismo momento le encomiendan otro trabajo, ese hijo mío, si tiene mi espíritu, razonará y, si –a pesar de todo– le indican que deje la primera tarea, abandonará la probeta y se irá inmediatamente a esa nueva ocupación, para toda la vida si fuera preciso.
36c Y no inventa la piedra filosofal, porque ha descubierto la piedra filosofal del amor de Dios, porque ha descubierto la santidad. Pedid conmigo, al Señor, que seamos fieles, que tengamos siempre rectitud de intención, y afán verdaderamente apostólico.

37a Labor interna, trabajo profesional

Con ese espíritu, con especial alegría y con sentido de responsabilidad, habéis de responder, hijas e hijos míos, cuando se os encomiende alguna labor interna de gobierno o de formación, o algún trabajo en una obra de apostolado.
37b Tened en cuenta que, a partir de ese momento, la nueva tarea es, para aquel a quien se le encomienda, su trabajo profesional. Aunque sea preciso abandonar la abogacía, la medicina, la arquitectura, o cualquiera que fuera el trabajo intelectual o manual que vinierais ejerciendo, no quedáis sin labor profesional: la función de gobierno o de formación se habrá convertido para vosotros en un quehacer profesional.
37c Por eso, habéis de vivir la nueva tarea con el mismo espíritu, con la misma dedicación: santificando la labor que se os encomienda, santificándoos con esa labor y santificando a los demás; poniendo en ese trabajo toda vuestra ilusión humana, todos vuestros talentos.

38a La labor de gobierno exige una dedicación plena

De ordinario, las funciones de gobierno, lo mismo si es regional que local, exigen una dedicación completa y casi exclusiva; si no se hiciera así, se abandonaría el cuidado espiritual de los miembros de la Obra, se desorganizaría el trabajo, se entorpecería el apostolado.
38b Sería una falta de criterio desentenderse de la labor de gobierno, para dedicarse a las labores profesionales que antes se desempeñaban, porque el que eso hiciera no solo manifestaría poco amor a sus hermanos, sino que no habría entendido lo que es la vocación profesional, ya que daría la impresión de confundirla con la satisfacción del propio egoísmo.

39a Os hablaba antes de personas que –a lo largo de su vida– cambian de ocupación, y no puede decirse que aquel médico o aquel abogado, que después se dedican al comercio o a la industria, no trabajan profesionalmente, puesto que, quien ha comenzado a ejercitar una profesión, universitaria o no, no tiene por qué dedicarse necesariamente a ejercitarla: hará lo que convenga a los intereses de su familia.

39b En la Obra sucede lo mismo. No entenderlo sería carecer de formación, de esa formación que comprende todo el criterio y toda la piedad que han de tener los hijos de Dios en su Obra, para vivir entre sus compañeros –entre sus iguales– en el mundo como sal y como luz34.

39c Debemos conservar la mentalidad profesional

Esto no quiere decir, lo sabéis bien, que hayáis de cortar toda relación con el trabajo que antes desempeñabais. Al contrario, quiero que conservéis siempre la mentalidad propia de ingenieros, de médicos, de historiadores, de campesinos, de obreros, de empleados, de lo que sea en cada caso; y que en la medida en que pueda hacerse sin menoscabo de esa labor interna de gobierno o formación –que será, si se os encomienda, vuestra tarea profesional por excelencia–, procuréis conocer los problemas y cuestiones de vuestra carrera, del ambiente de vuestros colegas, que continúa siendo el vuestro.
39d No olvidéis tampoco que esa mentalidad, junto con los conocimientos y experiencias que hayáis adquirido en vuestros anteriores trabajos, os ayudará a realizar la labor interna que se os haya encomendado, incluso con más eficacia.

40a Sacerdocio y vocación profesional

A mis hijos sacerdotes les pide también la Obra que recorten el tiempo que dedicaban a la labor profesional que ejercían antes de la ordenación y, en muchas ocasiones, que dejen de ejercerla por completo. Es cierto que, siendo profundamente sacerdotales, debéis conservar vuestra mentalidad laical y, en la medida en que sea compatible con la labor pastoral, podéis ejercer el trabajo profesional que teníais. La vocación profesional es para todos nosotros –sacerdotes y seglares– parte integrante de nuestro camino. Por esta razón, también los sacerdotes del Opus Dei siempre hemos de tener viva nuestra vocación profesional.

40b Amor al trabajo

Un aspecto quiero especialmente que conservéis: el amor al trabajo, el no saber estar sin hacer nada. Muchas veces, en pláticas a sacerdotes, he contado una anécdota verídica, una grotesca caricatura –que oí de labios de un viejo padre dominico, hace años–, que tiene por protagonista a un pastorcillo gandul, cuyo ideal era no trabajar. Al preguntarle qué quería ser, cuando fuera mayor: yo, decía, o cura o vaca.
40c Los sacerdotes del Opus Dei han de trabajar tanto como el hombre que más trabaje. Vuestro espíritu ha de ser estar dispuestos a sacar adelante toda la labor pastoral que se os ofrezca, y más si hubiera: trabajar siempre. Gracias a Dios, la Obra crece, el apostolado es cada día más hondo y más fecundo; sé bien que mis hijos sacerdotes no tendrán ni un minuto libre. Sacrificaos gozosamente en ese servicio a las almas.
40d Que piensen mis hijos sacerdotes, y mis hijas e hijos que trabajan en labores internas, que están realizando un apostolado eficacísimo. Porque, sin ellos, no sería posible la maravillosa labor de la Obra en todo el mundo.

41a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas

Nos quiere el Señor extendidos de polo a polo, presentes en todas las encrucijadas del mundo. Si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum35, cuando sea levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí. Cristo con su Encarnación, con su trabajo profesional ordinario en Nazaret, con su entrega plena al cumplimiento de la labor mesiánica, con su muerte en la Cruz, es centro de la creación, Rey de todo lo creado.
41b Que entreguemos plenamente nuestras vidas al Señor Dios Nuestro, trabajando con perfección, cada uno en su tarea profesional y en su estado, sin olvidar que debemos tener una sola aspiración, en todas nuestras obras: poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades de los hombres, y así contribuiremos a que la luz y la vida de Jesucristo sean gracia, paz y amor para la humanidad entera.

41c Cariñosamente os bendice vuestro Padre

41d Roma, 15 de octubre de 1948



Notas

1 1Co 7, 20.
2 Tulit ergo Dominus Deus hominem, et posuit eum in paradiso voluptatis, ut operaretur (Gn 2, 15).
3 In sudore vultus tui vesceris pane (Gn 3, 19).
4 Ex 23, 12.
5 Posuisti tenebras, et facta est nox; in ipsa pertransibunt omnes bestiae silvae: catuli leonum rugientes ut rapiant, et quaerant a Deo escam sibi. Ortus est sol, et congregati sunt, et in cubilibus suis collocabuntur. Exibit homo ad opus suum, et ad operationem suam usque ad vesperum. Quam magnificata sunt opera tua, Domine! Omnia in sapientia fecisti (Sal 104, 20-24).
6 Sta in testamento tuo, et in illo colloquere, et in opere mandatorum tuorum veterasce (Si 11, 21).
7 Cfr. Mt 13, 55: Nonne hic est fabri filius?
8 Dolores nostros ipse portavit (Is 53, 4).
9 1R 3, 6.
10 Sal 73, 23.
11 Cfr. Lv 22, 17-25: Locutusque est Dominus ad Moysen, dicens: loquere ad Aaron et filios eius et ad omnes filios Israël, dicesque ad eos: homo de domo Israël, et de advenis qui habitant apud vos, qui obtulerit oblationem suam, vel vota solvens, vel sponte offerens, quidquid illud obtulerit in holocaustum Domini, ut offeratur per vos, masculus immaculatus erit ex bobus, et ovibus, et ex capris: si maculam habuerit, non offeretis, neque erit acceptabile. Homo qui obtulerit victimam pacificorum Domino, vel vota solvens, vel sponte offerens, tam de bobus quam de ovibus, immaculatum offeret ut acceptabile sit: omnis macula non erit in eo. Si caecum fuerit, si fractum, si cicatricem habens, si papulas, aut scabiem, aut impetiginem: non offeretis ea Domino, nec adolebitis ex eis super altare Domini. Bovem et ovem, aure et cauda amputatis, voluntarie offerre potes, votum autem ex eis solvi non potest. Omne animal, quod vel contritis, vel tusis, vel sectis ablatisque testiculis est, non offeretis Domino, et in terra vestra hoc omnino ne faciatis. De manu alienigenae non offeretis panes Deo vestro, et quidquid aliud dare voluerit: quia corrupta, et maculata sunt omnia: non suscipietis ea. 11
12 Lc 19, 26.
13 Jn 4, 6.
14 Lc 17, 10.
15 Hch 10, 38.
16 Sive ergo manducatis, sive bibitis, sive aliud quid facitis: omnia in gloriam Dei facite(1Co 10, 31).
17 1Co 3, 22 y 23.
18 Ubi enim est thesaurus tuus, ibi est et cor tuum (Mt 6, 21).
19 Jn 15, 5.
20 Sicut oves non habentes pastorem (Mt 9, 36). Caeci sunt et duces caecorum (Mt 15, 14).
21 Quis sapiens, et intelliget ista? Intelligens, et sciet haec? Quia rectae viae Domini, et iusti ambulabunt in eis: praevaricatores vero corruent in eis (Os 14, 10).
22 Venerunt aliquando nonnulli ad abbatem Lucium in Enato, ex iis qui dicuntur Euctitae, monachi; et interrogavit eos senex: quidnam manibus operamini? Responderunt: nos non contingimus manuum opus; sed sicut praecipit apostolus, oramus sine intermissione. Ait senex: nonne manducatis? Illi: etiam, manducamus. Senex: quando igitur comeditis, quis pro vobis orat? Iterum ille ad eos: non dormitis? Exceperunt: ita est, dormimus. Tum senex: quando ergo dormitis, quis pro vobis orat? Nec invenerunt quid ad illa responsi darent. Dixit iis: ignoscite mihi; ecce non facitis iusta sermonem vestrum. Ego vero ostendam vobis, quod opus manuum mearum dum exerceo, oro sine intermissione. Cum Deo sedeo intingens meos ramulos; eosque in plectam conectens, aio: miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam, et secundum multitudinem miserationum tuarum dele iniquitatem meam. Nonne id oratio est? Responderunt: est (Apophthegmata Patrum, De Abbate Lucio).
23 1Co 15, 58.
24 Jn 4, 34.
25 Gn 31, 42.
26 Suggero remedium, unde tota die laudes Deum, si vis. Quidquid egeris, bene age, et laudasti Deum. Quando cantas hymnum, laudas Deum; lingua tua quid agit, nisi laudet et conscientia tua? Cessasti ab hymno cantando, discedis, ut reficiaris? Noli inebriari, et laudasti Deum. Discedis, ut dormias? Noli surgere ad malefaciedum, et laudasti Deum. Negotium agis? Noli fraudem facere, et laudasti Deum. Agrum colis? Noli litem movere, et laudasti Deum. In innocentia operum tuorum praepara te ad laudandum Deum tota die (S. Augustinus, Enarr. in ps. 34, 2, 16) 26.
27 Jn 13, 34.
28 Ga 6, 2.
29 1Tm 2, 4.
30 San Ignacio de Antioquía, en el encabezamiento de todas sus epístolas.
31 Cfr. Jn 3, 1-21.
32 Cfr. Jn 4, 7-26.
33 Cfr. Lc 10, 38-42.
34 Cfr. Mt 5, 13 y 14: Vos estis sal terrae… Vos estis lux mundi.
35 Jn 12, 32.

Aparato crítico

1b en el que Dios m14[1],1 f14,1 ] en que Dios i14,3
2b «el cardenal Lavitrano»: Luigi Lavitrano era el prefecto de la Sagrada Congregación de Religiosos en 1946, cuando san Josemaría le conoció, con motivo de las gestiones para la aprobación de la Obra como institución de derecho pontificio. Había nacido en la isla de Ischia, en 1874. En 1922 recibió la púrpura cardenalicia, junto a Eugenio Pacelli, futuro Pío XII. En 1928 fue designado arzobispo de Palermo. En 1945, fue llamado a Roma, para el mencionado cargo de prefecto. Murió en 1950 en Castelgandolfo. Cfr. Dizionario ecclesiastico, vol. II, p. 613. | «cantante de ópera»: se trataba de Fernando Linares Mendoza, que aparecía vestido de mandarín, mientras actuaba en El Ruiseñor de Stravinsky (cfr. AVP, III, p. 88).
6c profesión y santificar f14,5 ] profesión, y santificar m14[1],7 i14,7
16c que, si llegáis, i14,14 | que, si “llegáis”, f14,11 ] que si llegáis, m14[1],16
20b «legendario rey Midas»: ver Carta, n.º 11, nota 26a.
22b Costumbres están m14[2] i14[2],18 ] Costumbres, están f14,15 i14,18
22c encomendad a vuestros f14,15 ] encomendad vuestros m14[1],23 i14,19
23a el saberse almas m14[1],24 i14,19 ] saberse almas f14,15
28a vivir de cara f14,20 i14,24 ] vivir cara m14[1],30
31b que estén m14[1],34 i14,27 ] que están f14,22
33a todo lo que eso m14[1],36 f14,23 i14[2],28 ] todo le que eso i14,28
35b «que –de puro sutiles– nos quebremos»: san Josemaría hace un juego de palabras entre los dos significados de «sutil», que se contienen en el DRAE: «agudo, perspicaz, ingenioso» y «delgado, delicado, tenue», es decir, quebradizo, falto de consistencia. Una formación cultural, amplia y diversificada, da solidez y permite que florezcan las mejores aptitudes humanas y se empleen bien, tanto para el trabajo y las normales actividades como para la propia santificación y la acción apostólica. | -->
36a «Oblatos»: es el antiguo nombre de los Agregados, que cambió en 1967. Cfr. Historia del Opus Dei, p. 161.
36b «la piedra filosofal»: sustancia legendaria, dotada de propiedades maravillosas, que fue muy buscada durante siglos por los alquimistas, especialmente durante el Renacimiento. Se decía que con ella era posible obtener un elixir de larga vida o transformar algunos metales en oro. Hhijo mío, químico, m14[1],38 i14,29 ] hijo mío, f14,25
38a De ordinario, f14,26 ] De ordinario m14[1],40 i14,30
nt11 Israël, f14,1 i14,9 ] Israel, m14[1],46 || altare Domini. f14,(1) i14,10 ] altare Domino. m14[1],46
nt26 (S. Augustinus, Enarr. in ps. XXXIV, 2, 16). i14,23 | (S. Augustinus, Enarr. in ps. XXXIV, 2, 16). f14,(3) ] (S. Augustinus, In Ps. XXXIV enarr. 2, 16). m14[1],49

Carta «Meum gaudium»

Contexto e historia

La cuestión del trabajo profesional, como medio específico para buscar la santidad, es clave en la propuesta eclesial del Opus Dei. Aunque todas las actividades humanas nobles forman parte de ese camino de seguimiento de Jesucristo –también la ausencia de empleo, o la enfermedad que lo imposibilita–, el trabajo constituye un pilar de la Obra. En el ámbito laboral, encuentra el fiel laico su particular vía para la transformación del mundo en Cristo, ahí despliega gran parte de su acción apostólica y en ese lugar transcurre una considerable parte de su tiempo, en el que trata de contemplar y dar gloria a Dios.
De ahí que san Josemaría quisiera dedicar una Carta monográfica a este tema, aunque ya lo hubiera tratado en otras. Suponemos que este texto debió de ser ultimado a lo largo de 1965, recogiendo tal vez sugerencias de personas de la Obra y utilizando material de muy variada procedencia, para cuya disposición contó seguramente con la ayuda de algún secretario. Poco más podemos añadir, pues no hay casi datos respecto al proceso de composición.

Fuentes y material previo

El expediente de la Carta n.º 14 se conserva en AGP (serie A.3, 92-4). Allí se encuentra el manuscrito original (m14), mecanografiado a doble espacio en 49 cuartillas de gramaje normal, de formato apaisado de 21,5 x 16 cm., que estuvieron grapadas en un cuadernillo.
El número y tipo de correcciones autógrafas de san Josemaría que se ven en este manuscrito no difiere de los demás, que ya hemos visto.
El título, que está escrito autógrafamente en el encabezamiento de la primera cuartilla es: «Meum gaudium, 30-4-48.». También aquí se sigue la regla ya conocida de colocar las notas en la parte final del documento.
En el volumen III, esta Carta no está presente. Su lugar debería ser el volumen V, del que de momento no se ha encontrado ningún ejemplar, aunque sabemos que fue impreso y enviado 1. La razón de aparecer en el quinto volumen es que la número 13 es muy larga y ocupaba ella sola un volumen aparte, el IV.
La versión f14 consta de treinta y dos folios en formato A4. En la primera página está escrito «Se puede imprimir / 13-4-74 / M» a bolígrafo rojo, con la caligrafía de san Josemaría.
La impresión de 1985 (i14) abarca 34 páginas (en formato 17 x 24 cm), encuadernadas en rústica. En la carpeta de AGP se conservan dos ejemplares; uno de ellos (i14[2]) conserva pequeñas correcciones en bolígrafo rojo, que parecen de don Javier Echevarría (en pp. 18 y 28). Se trata de correcciones realizadas pensando probablemente en futuras reimpresiones. Hemos tomado los ladillos marginales de esta edición.

Cuestiones de crítica textual

A diferencia de otros textos, las variantes de autor son muy pocas y se refieren a cuestiones pequeñas.

Contenido

Se pueden notar cinco partes en esta Carta. La primera (§§1-7) trata del trabajo como «realidad santificable y santificadora» (§4c). San Josemaría expone que la vocación del Opus Dei no provoca un cambio de ocupación: cada cual sigue trabajando donde estaba (§§1-2). Después de hablar sobre el trabajo en la Sagrada Escritura, explica que la «vocación profesional es parte de nuestra vocación divina» (§7b), pues la tarea laboral no es solo un ámbito, sino un medio específico de santificación.
La segunda sección (§§10-16) podría sintetizarse con esta frase: «Si queremos santificar el trabajo, hay que cumplir ineludiblemente una primera condición: trabajar, y trabajar bien» (§10a). Versa, por tanto, sobre las características humanas que debe tener esa actividad, para que sea santificable.
La tercera parte (§§17-26) aborda una cuestión nuclear: sentadas las premisas para que un trabajo sea santificable, se explica ahora cómo se realiza esa divinización de las ocupaciones humanas, cómo Dios las hace suyas y las eleva al orden sobrenatural. Todo gira en torno a la vida de oración y a la contemplación de Dios mientras se trabaja, y se podría resumir en esta simple frase: «trabajad cara a Dios» (§18b). Nuestro Señor hace lo demás: «Con la gracia de Dios, dais a vuestro trabajo profesional en medio del mundo su sentido más hondo y más pleno, al orientarlo hacia la salvación de las almas, al ponerlo en relación con la misión redentora de Cristo» (§20a). La unión con Dios mientras se trabaja es clave: «santificaremos el trabajo, si somos santos, si nos esforzamos verdaderamente por ser santos. Nuestra misión es divina, y solo la realizaremos en unión con Dios» (§20c).
En una cuarta sección explica de qué modo el trabajo es medio para santificar a los demás, mediante la caridad apostólica (§§27-31). Para santificar el trabajo se requiere vivir el mandato del Amor, que llevará «no solo a vivir con extrema delicadeza la justicia, sino a excederos en la caridad» (§27b). El apostolado en el trabajo consiste en aprovechar «las relaciones sociales o de amistad, que nacen al desempeñar la profesión, para acercar a Dios esas almas» (§31c).
En la última parte, trata del desprendimiento de la labor profesional y de la disponibilidad de los numerarios y agregados de la Obra para dedicarse a actividades apostólicas o de formación (§§32-41).

Notas de las introducciones al texto crítico anotado

1 Francesc CASTELLS I PUIG, «Las Cartas de san Josemaría. Estudio para una cronología», en SetD 17 (2023), p. 18 y 27.