Enrique Fuster, Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma)
Los conceptos de narración y evangelización aparecen abordados, en san Josemaría Escrivá, al menos en dos ámbitos, que podríamos llamar –de manera algo impropia pero práctica– "pastoral" y "profesional".
El ámbito pastoral sería el de la vida interior y la predicación. Como es de sobra sabido, Escrivá recomendaba, en la oración, participar en las escenas del Evangelio «como un protagonista más» 1, entrar en ellas haciendo uso de la imaginación para establecer un diálogo sencillo y espontáneo con el Señor, la Virgen, San José, etc. A la vez, aderezaba su predicación con historias y sucedidos de la propia vida o la experiencia ajena, o extraídos de la literatura. Sus meditaciones y homilías o las intervenciones en las multitudinarias tertulias están plagadas de anécdotas y narraciones. Tenía el don de contar historias y era perfectamente consciente de la eficacia de estas como instrumento retórico, para cautivar al auditorio, implicarlo emotivamente y aterrizar las ideas, concretándolas y haciéndolas comprensibles. Mucho se podría decir de este ámbito, pero he preferido centrar la presente reflexión en el otro, que he denominado "profesional", para entender cómo el pensamiento y el espíritu de san Josemaría iluminan la tarea de los contadores de historias profesionales y su incidencia en la evangelización de la sociedad a través de la divulgación, directa o indirecta, de la Buena Nueva.
¿Qué entiendo por «contadores de historias profesionales»? Aquellos cuya profesión consiste en narrar, en sentido amplio. Entran aquí, en mi opinión, quienes se dedican a ciertos géneros periodísticos, y por supuesto los novelistas, autores teatrales, guionistas, directores de cine y creadores de series…, los poetas en sentido aristotélico, es decir, los artistas de la palabra, entre quienes podemos incluir también a los cantautores y otras categorías semejantes que probablemente habré olvidado. Gente que se gana la vida narrando, inventando mundos posibles, verosímiles, basados en hechos reales o completamente imaginarios, en los que, entrando, nos encontramos con nosotros mismos 2.
El periodismo abarca géneros muy diversos. No es lo mismo una noticia, que una entrevista o un editorial. Este último mira a la difusión de ideas, mientras que la noticia narra o informa de lo sucedido. Y si en vez de periodismo nos referimos a la comunicación, el espectro de actividades resulta todavía más amplio, englobando, sí, el periodismo, pero también ocupaciones que tienen que ver con la propaganda, como la comunicación institucional, la publicidad, las relaciones públicas o el marketing, que si bien recurren a menudo al storytelling, lo hacen para ponerlo al servicio del mensaje que desean transmitir. Aquí no me centraré en estas actividades, sino solo en aquellas que se dedican a narrar de manera prioritaria, no secundariamente, y sobre todo en las artísticas. Tangencialmente haré referencia también a las demás, porque san Josemaría solía agrupar a todas en lo que llamaba «apostolado de la opinión pública», pero las diferencias entre unas y otras, incluso entre las que tienen por finalidad inmediata la narración, saltan a la vista. El reportero, por ejemplo, tiene un compromiso con la verdad de lo acontecido, debe reportar los hechos de la manera más objetiva posible, algo a lo que no se siente ligado el guionista de una historia inventada, ni aun cuando esté basada en hechos reales: el horizonte de expectativas del lector de noticias y del espectador de una película son distintos, el segundo sabe que se halla ante lo que en lenguaje corriente se conoce como ficción y que caben las licencias dramáticas. Tanto el reportero como el guionista narran, pero cada uno se sitúa de un modo distinto ante la vida y ante el público destinatario de la comunicación.
Lo primero que habría que recordar sobre estos profesionales del narrar es que –como sucede con cualquier persona– cuando, unidos a Dios, se esfuerzan por realizar bien su trabajo, este se convierte de por sí en santificante y por tanto evangelizador. Como recuerda san Josemaría, «al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no solo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora» 3. En este sentido, el trabajo de un comunicador no se diferencia del de un zapatero: ambos, cuando son realizados con visión sobrenatural, contribuyen a transformar el mundo desde dentro y a llevar todas las cosas a Cristo. Imposible decir cuál de los dos es más importante, pues «ante Dios tiene igual mérito el trabajo de un barrendero que el de un gobernante, si esos trabajos se hacen bien, con amor, con finura en los detalles, con afán de servir» 4, y por tanto solo Dios puede saber cuál tendrá mayor repercusión.
A la vez, humanamente hablando, está claro que algunos trabajos –como el de los artistas, el de los profesores o el de los intelectuales y los políticos– inciden de manera más determinante en la formación de las personas y en la configuración de la sociedad. Refiriéndose a los medios de comunicación de masas, san Josemaría decía: «Son educadores, hacen el papel –muchas veces oculto e impersonal– de maestros: a ellos se entregan, casi incondicionalmente, las inteligencias, y hasta las conciencias de millones de hombres» 5. Por eso lamentó a veces la ausencia de los católicos en los mass media, en los grandes medios de comunicación de la época moderna, cuya evolución había vivido a lo largo del siglo XX: el desarrollo de la radio y luego la televisión, el protagonismo de la prensa y de las agencias de noticias. O el cine. En un encuentro coloquial de 1960, afirmaba:
«Es un fracaso monstruoso para los católicos que, después de veinte siglos de cristianismo, no se haga casi nada en este terreno […]. Hoy puede decirse que no hay prensa, que son muy pocas las publicaciones en las que se trabaje con mentalidad auténticamente cristiana; donde se respete a los demás, amando y defendiendo también la libertad de todos los hombres; donde se sepa comprender, disculpar, unir» 6.
Su actitud era realista, pero también positiva y animante, como se veía ya en un texto publicado años antes: «En presencia de estas nuevas realidades, no podemos tener más que admiración y simpatía, junto con la ilusión de contribuir todos –aunque no sea siempre directamente en las profesiones de la información y de la opinión pública– a llevar a Dios, a devolver al Señor esa parcela de la creación» 7. En esta línea, una expresión que utilizaba con frecuencia, animando a los creyentes a participar en la arena pública con iniciativas de todo tipo, cada quien según sus gustos y en el ejercicio responsable de su libertad, era la de ahogar el mal en abundancia de bien 8: «Nuestra actuación no se dirige contra nadie, no puede tener nunca matices de sectarismo: nos esforzamos en ahogar el mal en abundancia de bien. Nuestro trabajo no es labor negativa: no es antinada. Es afirmación, juventud, alegría y paz. Pero no a costa de la verdad» 9.
Centrándonos ya más en el arte, en una carta fechada en 1942 a propósito del apostolado con los jóvenes, en cierto momento Escrivá alude a la importancia de cultivar el gusto por la belleza:
«También habría que pensar en organizar sesiones de carácter literario, conciertos y otras actividades artísticas, con el fin de tratar a chicos que frecuenten círculos de esa clase, conservatorios de música, escuelas de bellas artes, etc. Es este un apostolado urgente, y de extraordinaria eficacia: sit mihi carmen istud pro testimonio(Dt 31, 19), que sea también el arte en todas sus manifestaciones testimonio vivo de nuestra fe católica, suave y poderoso estímulo que empuje las almas a Dios»10.
San Josemaría califica este apostolado de «urgente» por su «extraordinaria eficacia»; se da cuenta de cuánto es importante, para la evangelización de la sociedad, que haya hombres de fe dedicándose a las tareas artísticas. Su testimonio será un estímulo que «empuje las almas a Dios» y actuará de modo «suave y poderoso», que podemos leer como discreto, connatural, no violento ni estridente, y con gran capacidad de llegada.
La belleza (humana) lleva a la Belleza (divina), y por tanto la obra de cualquier artista, aunque no sea creyente, pude ser una vía para acceder a Dios. «Quien realmente aprende a ver se acerca a lo invisible», ha declarado el poeta Paul Celan11. Y a decir del pensador y también poeta Ibáñez Langlois, «los lazos semánticos, míticos y existenciales que unen toda forma de arte a la Trascendencia, son tan oblicuos y sutiles como innegables» y han sido fundamentados por intelectuales de la talla de Steiner y Soloviov12.
A la vez, una cosa es la apertura a la trascendencia de toda obra artística (sobre la que volveremos) y otra que la obra pueda ser considerada evangelizadora; no solo, como veíamos al principio, en cuanto transformadora del mundo como consecuencia de un trabajo realizado bien y en unión con Dios, sino evangelizadora en el sentido de que el resultado de ese trabajo que viene comunicado (el artículo, la novela, la película o lo que sea) se convierta en portador del anuncio de Cristo. En algunos casos esto resulta evidente: basta pensar en las abundantes películas o series que desde hace más de un siglo han dado a conocer la Biblia –tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento–, con ejemplos eminentes y dispares, como El evangelio según San Mateo de Pasolini o La pasión de Cristo de Mel Gibson, o la reciente serie The Chosen, seguida en todo el mundo por una audiencia millonaria. O en tantos títulos basados en la vida de santos, también en la literatura o el teatro y no solo en la pantalla. Mientras escribo estas líneas la ciudad de Roma hospeda el musical Bernadette de Lourdes, que desde su inauguración en Francia en 2019 ha sido ya visto por más de cuatrocientos mil espectadores. Se trata de obras artísticas de argumento religioso, que dan a conocer la fe a un elevadísimo número de personas. Pero de los escritos de san Josemaría no se desprende que, cuando anima a evangelizar la sociedad a través de la literatura, el cine o el teatro, esté refiriéndose solo a este tipo de producciones, sino a todas, en general. También a aquellas que no tienen un contenido explícitamente religioso pero que, originadas desde una visión cristiana, constituyen una ocasión para «dar doctrina», en cuanto que solapada o implícitamente reflejan una imagen del hombre y del mundo en sintonía con la dignidad de la persona, llamada a ser hijo de Dios en Cristo.
En un texto de 1959, san Josemaría escribe: «No olvidéis que la esencia de nuestro apostolado es dar doctrina»; y casi a renglón seguido: «Porque sentís esta responsabilidad de predicar (…), procuráis animar los medios a través de los cuales se forma la opinión pública: la prensa, la radio, la televisión, el cine, etc. Los que desempeñáis vuestra labor profesional en esos medios, dais doctrina, no ya a un grupo pequeño de personas –como hacéis cuando dirigís un Círculo o pronunciáis una conferencia– sino que, como el Señor, predicáis a la multitud, al aire libre»13.
Para entender bien lo que Escrivá está aquí propugnando, me parece fundamental interpretar correctamente la expresión «dar doctrina», que hoy –en algunos círculos– ha adquirido un sentido peyorativo, más aún cuando la acción referida viene descrita como "adoctrinamiento", vocablo que la RAE define como «inculcar a alguien determinadas ideas o creencias» y a menudo viene identificado con la "manipulación mental": servirse de estrategias retóricas innobles para introducir en cabeza ajena una serie de conceptos, negando a la persona que las recibe la posibilidad de reflexionar sobre ellas y aceptarlas libremente.
Obviamente no es esto a lo que se refería san Josemaría cuando usaba la expresión «dar doctrina». Para él dar doctrina era, simplemente, transmitir la luz de Cristo; o sea: evangelizar. No difundir una serie de mensajes o preceptos, así, sin más. Se trata de algo mucho más amplio y profundo, que entre muchas otras maneras podría resumirse en testimoniar y explicar la belleza del cristianismo; en definitiva, hacer apostolado, hablando de Dios directa o indirectamente, de la felicidad de vivir sabiéndose hijos suyos, de lo necesario para llevar una existencia auténticamente humana o plena. No hay, probablemente, un modo unívoco de definir la expresión, pero parece claro que su sentido –si tenemos en cuenta el contexto de sus escritos– se encuentra en las antípodas de la apreciación negativa con que hoy es a veces percibido el concepto. De hecho, si sintetizaba la misión del Opus Dei en «dar doctrina», también definía la Obra como «una gran catequesis»14, en referencia a esparcir la semilla de Cristo en las encrucijadas del mundo:
«Exiit qui seminat seminare semen suum (Luc. VIII, 5): salió el sembrador a echar la semilla. Son palabras del evangelio de San Lucas, de esa parábola maravillosa repleta de enseñanzas, llena de actualidad. Salió el sembrador –como ha salido esta Madre nuestra la Obra, que el Señor ha querido promover en estos tiempos– a sembrar, a desparramar la semilla en todas las encrucijadas de la tierra –esa es nuestra labor–, para que se acomode a todas las circunstancias de lugares y de épocas, para que arraigue, para que germine y dé fruto la palabra de Dios»15.
Y en un escrito precedente, fechado en 1939, afirma: «Es preciso que seamos, en todos los ambientes, mensajeros de esa luz, de esa Verdad divina que salva»16.
Hay muchos modos de sembrar la semilla, además del obvio de hablar o predicar la fe. Así deja entender Escrivá cuando afirma que «esta administración de la doctrina, con el ejemplo, con la palabra, por escrito, a través de la amistad, etc., esta enseñanza la hemos de hacer con discreción, para que no se alejen de Jesús los que tardan en comprender»17.
En la Evangelii Gaudium, el Papa Francisco utiliza una serie de palabras para describir la misión evangelizadora: «iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar»18. Creo que el «dar doctrina» de Escrivá, que equivale a "evangelizar", hay que interpretarlo en un sentido amplio que sintoniza con esas palabras. Es, sin duda, dar razón de la propia fe, argumentar con «don de lenguas»19, pero también iluminar, vivificar o sanar. Es contagiar una visión del hombre y del mundo acorde con la religión cristiana. En ocasiones mediante artículos, ensayos o programas que permiten abordar, directa o lateralmente, numerosas cuestiones del debate social que tienen que ver con la dignidad humana. Muchas otras veces, sin embargo, esa visión cristiana de la realidad será comunicada de modo implícito o indirecto; pienso en una película, una novela, un cuento, una serie o un documental de temática no religiosa. Y junto a la palabra, habrá que contar, siempre que la ocasión lo permita, con el testimonio, con la cercanía, con el afecto que lleva al otro la vida de Cristo a través de la propia.
Los buenos escritores son expertos en la condición humana, aunque lo sean de modo intuitivo más que reflexivo, aunque a veces hayan adquirido su sabiduría gracias a los libros o a su sentido de observación, y no tanto por experiencia propia. Se entiende que el Papa Francisco afirme que «la literatura se vuelve un gimnasio en el que se entrena la mirada para buscar y explorar la verdad de las personas y de las situaciones como misterio, como una carga de un exceso de sentido, que solo puede ser parcialmente manifestada en categorías, en esquemas explicativos, en dinámicas lineares de causa-efecto y medio-fin»20.
La ficción ensancha el conocimiento. Nos ayuda a conocernos mejor y a conocer nuestro entorno. Y como sostenía Aristóteles21, esta función cognoscitiva no es secundaria, sino que se encuentra en la raíz de por qué nos gustan las historias, aunque instruir no sea su finalidad: los relatos dan que pensar, educan, las más de las veces sin pretenderlo, veladamente. Y la visión que el escritor tenga de la vida y del ser humano condiciona, en un modo u otro, lo que escribe; aun cuando no aparezca explícitamente mencionada, se halla siempre implícitamente presente22.
Esclarecedor resulta, a este respecto, lo que apuntaba la escritora Flannery O’Connor: «[Cuando escribáis] vuestras creencias serán la luz por la que veréis, pero no serán lo que veáis, ni sustituirán al acto de ver. La prueba de fuego del narrador está en el ojo, y el ojo es un órgano que involucra al final al conjunto de la personalidad y a tanto mundo como quepa en él. Implica juicio, y el juicio comienza en el acto de la visión, y cuando no es así o se separa de la visión, entonces hay en la mente una confusión que se traslada al relato»23. Para el novelista, para el contador de historias, «el juicio está implícito en el acto de ver. Su visión no se puede separar de su sentido moral»24.
Uno no puede desprenderse de su perspectiva moral mientras escribe; sería como prescindir de uno mismo. De ahí el dicho de que el escritor moja la pluma en sus propias venas. Según el género o el tipo de escrito y según la pericia del autor o su propósito, esa visión se manifestará de un modo u otro, normalmente con naturalidad y sutileza, sin forzar las cosas, incluso con ambigüedad, característica que en general beneficia al arte. Como sostiene Flannery O’Connor, «nosotros los católicos somos muy dados a la respuesta instantánea. La narrativa no ofrece ninguna. Nos deja, como Job, con un sentido renovado del misterio»25.
Un escritor auténticamente cristiano ve la realidad de modo distinto a como la percibe un ateo o alguien con una percepción materialista y determinista de la persona. La idea de "gracia" o la misericordia divina estarán de alguna forma presentes en el primero y no en el segundo, y conceptos tan fundamentales como la libertad o el perdón serán estimados de forma distinta por uno u otro. Se puede esperar que la fe dote al escritor de una mirada más profunda, porque «el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado»26. La cercanía al Creador redundará positivamente en su obra, que reflejará esa afinidad con lo divino y será, de resultas, más profundamente humana. Pero esto no debería darle ningún sentido de superioridad como artista, ya que, dicho llanamente, él no se ocupa de la verdad sino de la belleza: su tarea no es "ver" intelectualmente y comunicar eso que ha comprendido, sino construir objetos bellos.
De hecho, como defiende O’Connor, «la mente que puede entender la buena literatura no es necesariamente la mente cultivada, sino que será sin excepción la que esté deseando profundizar su sentido del misterio en el contacto con la realidad, y su sentido de la realidad en contacto con el misterio»27. Por eso pienso que no hay que simplificar las cosas: con frecuencia se encuentran felices intuiciones sobre la naturaleza humana en obras de autores ajenos al cristianismo; el ojo del artista las descubre con la reflexión o intuitivamente, pues al fin y al cabo son aspectos de la realidad. Como ha recordado el Papa Francisco, la literatura (se deduce que toda la buena literatura, sea quien sea su autor, y lo mismo se podría aplicar a otras artes narrativas) ofrece siempre «un acceso privilegiado al corazón de la cultura humana y más concretamente al corazón del ser humano»28.
No basta la visión, sea o no cristiana, para crear belleza, para originar una obra de arte. Para entender este punto, podemos recurrir a la explicación de Ibáñez Langlois sobre la entidad de la obra artística. Esta, al parecer del poeta chileno, es fruto de la unión indisoluble de dos elementos, el vivencial o humano (también llamado sentimiento, idea, experiencia existencial, emoción, concepto…) y el del lenguaje (forma sensorial o física) significante, que puede ser verbal, auditiva o visual (podríamos añadir incluso táctil y olfativa), según las distintas artes. Estos dos elementos, que han sido llamados de tantas maneras (contenido y forma, fondo y forma, intuición y expresión, mensaje y código, etc.) nacen y crecen juntos, haciéndose mutuamente el uno al otro29. O sea, no es que haya un contenido preexistente al que luego, en un segundo momento, viene dada una forma artística; es que el artista encuentra haciendo y haciendo encuentra. De ahí que resulte impreciso definir el arte como expresión o comunicación de sentimientos o ideas30.
Ciertamente, «el artista piensa con ideas, como todo el mundo, pero aquello que lo hace artista es el pensar en materia, la de su propio arte: el pensar en metáforas, pensar en ritmos, pensar en imágenes, pensar en verso, pensar en luz y color, pensar en piedra, pensar en timbres de violín o piano, pensar en adagio o en allegro, pensar en endecasílabo…»31. En el mismo sentido se expresa Flannery O’Connor cuando comenta: «Algunos tienen la idea de que se lee la historia, y luego se sale de ella para entrar en el significado. Pero, para el escritor, la historia en su conjunto es el significado, porque es una experiencia, no una abstracción»32.
La integración entre experiencia vital y lenguaje varía dependiendo del arte de que se trate. El lenguaje narrativo tiene unas características que lo distancian del pictórico o del musical: «sus modos de expresión más propios son el acontecimiento, la trama y el diálogo; la invención de personajes y el dibujo de sus caracteres; el tempo, la construcción y la secuencia; la creación de atmósferas, la propiedad de las descripciones, la sutileza de los matices, la inteligencia de las observaciones; el punto de vista narrativo del hablante y, por supuesto, el estilo y el tipo de prosa adecuado a cada relato singular»33. Lo dicho se predica de la literatura, pero también se podría aplicar, con matices, al cine o a las series. Otra particularidad de la obra narrativa es que normalmente no proviene de una única experiencia, idea o sentimiento, sino de una pluralidad de ellos, o de la experiencia existencial del autor en algún aspecto de su vida34.
También el teólogo ítalo-alemán Romano Guardini ha profundizado en el estatuto ontológico de la obra artística, subrayando, por un lado, una autonomía que la sitúa al reparo de los intentos instrumentalizadores, y por otro, su capacidad para ampliar el horizonte y poner al ser humano en contacto con la Trascendencia.
Explica Guardini que es esencial, para una obra de arte, poseer un sentido pero no necesariamente un objetivo. La obra artística no existe por una utilidad técnica o económica, pero tampoco por una finalidad didáctico-pedagógica; existe simplemente para ser «una forma que revela». No pretende nada, sencillamente "es", y siendo, "significa". Eso no quita que la concreta obra sirva para algo, como un edificio para ser habitado o para que se celebren ceremonias religiosas, o un monumento para recordar una gesta del pasado. Pero un edificio puede tener esos mismos usos, o un monumento cumplir esa finalidad práctica, sin ser hermosos. A la vez, si el edificio o el monumento son bellos, si los consideramos obras de arte, no es porque cumplan con los mencionados objetivos prácticos, sino porque en ellos resuena «la totalidad de la existencia». El artista, «nacido para ver, llamado a contemplar», cumple en su obra algo que conecta no solo con él personalmente, sino con el hombre universal, de manera que cualquiera puede comprender, experimentar, revivir lo que él ha vivido en el proceso de generar esa obra. Toda obra de arte posee una completitud y una totalidad tales que la habilitan para ser «símbolo de la existencia en general, símbolo del todo»35.
Cualquier obra de arte, incluso la más pequeña, es como un mundo, un espacio lleno de significado construido en un modo diferente de la realidad que nos circunda; es más justo, más bello, más profundo e incluso más vivo que la existencia cotidiana, y posee una cualidad propia: en dicho espacio, las cosas y el hombre se muestran abiertos y no medio escondidos, como en la realidad. «El espectador, entrando en este mundo y reproduciéndolo en sí mismo, logra vivir él mismo en la totalidad», experimentando que algo le sucede, que accede a una condición nueva, en la que se manifiesta más claramente su identidad, no mediante una reflexión teórica sino gracias a una clarificación inmediata, aliviándose la gravedad del propio existir, y convenciéndose «más profundamente de la posibilidad de llegar a ser él mismo auténtico, puro, lleno de significado y coherente en todos sus aspectos»36. La obra de arte ofrece a la persona la posibilidad de salir de la realidad en la que vive –y de la que él mismo está constituido– para transferirse a la esfera irreal de una representación reveladora de sentido, que produce paz37.
Como consecuencia, toda obra de arte, dice Guardini, contiene una promesa. El hombre sabe que las cosas no son como deberían ser, y también que con ninguna fuerza de la naturaleza o de la ciencia puede alcanzar su más auténtica identidad y llegar a ser quien está llamado a ser. «El verdadero futuro debe "llegarnos" de Dios: en cuanto "nuevo cielo y nueva tierra" en los que se manifiesta la esencia de las cosas; en cuanto "nuevo hombre" formado a imagen de Cristo (…). De este ser nuevo habla el arte –a menudo sin saber lo que dice». Y es de aquí de donde proviene su carácter religioso y escatológico; no del contenido inmediatamente religioso de algunas obras, sino «de su reenvío al futuro, a un "futuro" puro y simple que no puede ser fundado a partir del mundo»38.
Normalmente, el narrador de una obra artística no pretende convencer a nadie de nada, ni transmitir una serie de ideas acerca de su visión del mundo (aunque no pueda prescindir de esta), y el lector de un relato o el espectador de una serie no espera ser adoctrinado sino entrar en un mundo ficticio o inventado (pero que parece real) para seguir a los personajes (también ficticios, pero de apariencia igualmente real). Legendaria es la afirmación de un productor de Hollywood que dijo que para poner telegramas ya estaba la Western Union. Él no quería enviar mensajes, sino contar historias, que es algo muy distinto, aunque todas las historias vehiculen mensajes.
Entre los profesionales del guion los hay que acometen la escritura, desde el inicio, con un claro enfoque temático, y los hay que prefieren centrarse en el desarrollo de la trama y los personajes, dejando el tema, si acaso, para el momento de la reescritura. Pero todos coinciden en la importancia de evitar la ideología y la predicación. Un buen guion no es sermoneador ni moralizante. El espectador no puede sentirse manipulado, con la sensación de que con el pretexto de la historia le están vendiendo algo distinto. Un defecto de los guionistas en ciernes es, de hecho, que los personajes de sus historias no dan la impresión de hablar por sí mismos, sino de ser el altavoz del autor; no parecen seres libres, sino marionetas manejadas por el escritor con la finalidad de transmitir determinadas ideas. Puede haber obras narrativas en que el elemento reflexivo o meditativo pese mucho, incluso más que el dramático; también en estos casos, lo importante será que esté bien integrado, naturalmente entrelazado con el aspecto formal, de manera que se perciba que ha crecido y se ha desarrollado con el hacerse de la obra y no como algo extrínseco, postizo, añadido de manera separada, a priori o posteriormente.
Hemos dado un pequeño rodeo para ahondar en la naturaleza de la obra artística y llegar hasta aquí bien pertrechados, a fin de entender de qué autonomía se habla, en el caso del arte de narrar, cuando nos referimos al necesario respeto de la autonomía de las realidades temporales, pronunciado por el Concilio Vaticano II y presente en los escritos de san Josemaría al menos desde la fundación del Opus Dei. Puede servir, a este respecto, lo que Escrivá decía a sus hijos con vocación de políticos en 1959:
«Los que os encontráis con vocación para la política, trabajad sin miedo y considerad que, si no lo hacéis, pecaréis de omisión. Trabajad con seriedad profesional, ateniéndoos a las exigencias técnicas de esa labor vuestra: con la mira puesta en el servicio cristiano a todas las gentes de vuestro país, y pensando en la concordia de todas las naciones.
Es un síntoma de mentalidad clerical que, en los elogios –redactados por gentes apartadas del mundo– que hace la liturgia de los gobernantes que llegaron a los altares, se les alaba porque rigieron sus reinos más con la piedad que con el ejercicio de la autoridad regia, pietate magis quam imperio, más con afecto que con el justo mando.
Vosotros, al cumplir vuestra misión, hacedlo con rectitud de intención –sin perder el punto de mira sobrenatural–, pero no mezcléis lo divino con lo humano. Haced las cosas como las deben hacer los hombres, sin perder de vista que los órdenes de la creación tienen sus principios y leyes propias, que no se pueden violentar con actitudes de angelismo. El peor elogio que puedo hacer de un hijo mío es decir que es como un ángel: nosotros no somos ángeles, somos hombres»39.
Escrivá exhorta a quienes se dedican a la política (pero se lo podría estar diciendo también a los narradores) a trabajar «con seriedad profesional», ateniéndose a las «exigencias técnicas» de la labor que llevan a cabo y, con un toque de ironía, lamenta que a veces los políticos santos sean recordados más por su piedad que por su buen hacer, lo que implica una visión distorsionada de la vocación de los laicos a transformar el mundo y conducirlo a Dios. Hay que tener rectitud de intención, visión sobrenatural, dice, pero sin mezclar «lo divino con lo humano», es decir, respetando la naturaleza de las cosas, de las realidades o actividades humanas, que gozan de su propia autonomía.
La mentalidad laical lleva a reconocer esa autonomía, sin olvidar, ciertamente, que «la autonomía del mundo es relativa, y que todo en este mundo tiene como último sentido la gloria de Dios y la salvación de las almas»40. Como propone la Gaudium et Spes: «por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o arte». Y añade: «quien con perseverancia y humildad se esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, está llevado, aun sin saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas las cosas, da a todas ellas el ser»41.
Tenía razón Flannery O’Connor cuando sostenía que «el artista tiene tarea suficiente, y cumple con su deber, si se dedica a su arte. Puede dejar sin temor la evangelización en manos de los evangelizadores»42. No era un modo de eximir su responsabilidad sino de poner las cosas en su sitio. Sabía que escribir un buen relato, dejando de lado cualquier propósito utilitarista, era su manera de dar gloria a Dios. Como buena católica era también consciente de su misión de evangelizar: la dimensión sobrenatural está bien presente en sus cuentos y novelas, y no creo que al proponer dejar la evangelización en manos de los evangelizadores estuviese negando la apertura de toda auténtica obra de arte a la Trascendencia; pretendía simplemente constatar el mal que la ideologización, sea del signo que sea, causa a las historias. Sus palabras coinciden, en la sustancia, con las de Escrivá cuando dice: «[Las realidades temporales] han de ser llevadas a Dios –y ahora, después del pecado, redimidas, reconciliadas–, cada una según su propia naturaleza, según el fin inmediato que Dios le ha dado, pero sabiendo ver su último destino sobrenatural en Jesucristo»43.
Corresponde al novelista escribir novelas (sustitúyase "novelista" por cualquier tipo de narrador y su equivalente oficio), y si hace bien su trabajo, con amor a Dios y a los demás, evangelizará así, aunque las novelas que escribe no traten de ningún argumento explícitamente religioso. Evangelizará como evangeliza el zapatero buen cristiano que se gana la vida fabricando zapatos, con el añadido de que en su obra subyacerán, implícitas, su visión cristiana de la vida y la semilla de apertura a la Trascendencia que toda verdadera obra de arte intrínsecamente contiene. Aun sin pretenderlo conscientemente, sus novelas estarán permeadas de su visión y, en un grado u otro, actuarán como anuncio de Cristo, al transmitir una idea del hombre y del mundo cabal y consecuente, acorde con la dignidad humana.