Miguel Ángel Monge Sánchez, Capellán Clínica Universidad de Navarra (1982-2010)
El ser humano, al que Dios hizo culmen de la obra creadora 1, es, sin embargo, como consecuencia del pecado original 2, una criatura profundamente frágil y vulnerable.
La vulnerabilidad, que forma parte de la condición humana, es un término polisémico sujeto a muy diversos significados, pero que puede resumirse en la posibilidad de sufrir daño, en la doble condición de fragilidad y finitud del ser humano 3.
Es bien conocido que una de las heridas (vulnera, en latín) del pecado original es la enfermedad, que nos convierte en seres profundamente necesitados de ayuda y de cuidados, ya que la enfermedad suele conllevar elementos de fragilidad y de inseguridad que no se conocen hasta que se experimentan.
Pues bien, así como «Dios tiene cuidado de sus criaturas» 4, también a nosotros nos compete esa misma tarea de cuidar del mundo y de sus habitantes, especialmente cuando se vuelven más vulnerables. Ese cuidado es parte esencial del amor (agapé) que nos enseñó Jesucristo, como se desprende, entre otros muchos textos, de la parábola del buen samaritano (cfr. Lc 10, 30-37), donde aparecen entrelazados diversos elementos –compasión, confianza, competencia, cariño y comprensión–, que luego irán apareciendo a lo largo de este estudio.
Etimológicamente, la palabra “cuidado” parece proceder del latín cogitatus, pensamiento. El Diccionario de la Real Academia Española lo define como la «solicitud y la atención para hacer bien alguna cosa». También tiene el significado de «asistir, guardar, conservar o preocuparse por algo o alguien» 5. El cuidado supone, por tanto, la acción encaminada a hacer por alguien lo que no puede hacer solo con respecto a sus necesidades básicas: alimentación, higiene, actividad, movilidad, etc. 6 Eso supone ayudar a la persona vulnerable cuando ella no pueda autocuidarse, planificar programas de actividades de enfermería, inculcando y estimulando la progresiva independencia, etc.
Aquí concretamente, lo que nos planteamos en este estudio es el cuidado de las personas enfermas y analizaremos cuál fue la actitud de Jesús de Nazaret, cómo lo ha vivido la Iglesia a través del tiempo, y cuál fue la enseñanza de san Josemaría Escrivá.
El Evangelio describe el caminar de Jesús por las tierras de Palestina, haciéndose el encontradizo con las necesidades de los hombres que le siguen, sanando corazones y todo tipo de enfermedades. Su actitud es siempre acogedora y compasiva. Se puede decir que su vida se desarrolla en una continua relación con los enfermos, a los que siempre ofrece misericordia y comprensión, muchas veces la curación y también, el perdón de los pecados. El texto sagrado cuenta, con todo tipo de detalles, los milagros que Jesús realizó con los enfermos. Son tan abundantes, que se podría trastocar aquella frase –acuñada en la segunda mitad del siglo XX– de que Jesús hizo una «opción preferencial por los pobres», por esta otra, quizá más realista, de que lo que hizo fue, más bien, una «opción preferencial por los enfermos» 7.
Efectivamente, el Evangelio está lleno de ejemplos de personas enfermas que se acercan a Jesús buscando su curación. Recordamos algunos: la mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años (Mt 9, 20-22); la hija de la mujer siro-fenicia que sufría ataques del demonio (Mt 15, 21-28); los diez leprosos que Jesús encontró, mientras caminaba hacia Jerusalén (Lc 11, 17-19); el criado del centurión romano (Mt 8, 5-13); el paralítico al que sus amigos descolgaron por el techo de la casa donde Jesús estaba enseñando (Mt 9, 1-8), el endemoniado epiléptico; el paralítico que llevaba años cerca de la piscina de Betzata (nombre usado en la versión de la Biblia de Navarra) (Jn 5, 1-16), la hija de Jairo (Mt 9, 18-29), etc.
San Mateo nos ofrece un breve resumen de esa actividad de Jesús: «Recorría Jesús toda la Galilea enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino, y curando toda enfermedad y dolencia del pueblo» (Mt 4, 23-24; cfr. también Mt 9, 35). Parecida descripción hace san Lucas, en la introducción al Sermón de la Montaña: «Bajando con ellos, se detuvo en un lugar llano. Y había una multitud de sus discípulos, y una gran muchedumbre del pueblo procedente de toda Judea y de Jerusalén y del litoral de Tiro y Sidón, que vinieron a oírle y a ser curados de sus enfermedades. Y los que estaban atormentados por espíritus impuros quedaban curados. Toda la multitud intentaba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos» (Lc 6, 17-19). O, el mismo Lucas, después de la curación de la suegra de Pedro: «Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos con diversas dolencias se los traían. Y él, poniéndoles las manos sobre cada uno de ellos, los curaba» (Lc 4, 38-40).
A menudo, esos milagros de curación se narran con muchos detalles humanos, a veces conmovedores. S. Marcos ofrece uno que sirve de ejemplo: «Acabaron la travesía hasta la costa y llegaron a Genesaret y atracaron. Cuando bajaron de la barca, enseguida lo reconocieron. Y recorrían toda aquella región, y adonde oían que estaba él le traían sobre las camillas todos los que se sentían mal. Y en cualquier lugar que entraba, en pueblos, o en ciudades o en aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas, y le suplicaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y todos los que le tocaban quedaban sanos» (Mc 6, 54-56). Ya se ve que no existe situación de dolor humano que Jesús no haya tocado con su misericordia. Eso era parte de su misión y signo de la autoridad que tenía como enviado por el Padre.
Jesús, al presentarse como Buen Pastor (cfr. Jn 10, 11-18), reivindica para sí la figura de los pastores de Israel, que Yawéh había prometido en los oráculos proféticos del Antiguo Testamento (cfr. Jer 3, 15). Y cumple esa tarea aliviando a los que están fatigados y abatidos («venid a mí, todos los que estáis cansados y agobiados...», Mt 11, 28), curando a los enfermos, ofreciendo «vida y vida en abundancia» (Jn 10, 10), haciendo de buen samaritano con aquel que lo necesita (cfr. Lc 10, 25-37), hasta llegar a entregar la propia vida por sus ovejas (cfr. Mt 26, 2; Mc 14, 21, etc.). Se ve cómo Cristo ha querido experimentar las debilidades humanas, también físicas, y convertirlas en medio de santificación para los hombres. Por eso, la enfermedad y el dolor, cuando el Señor lo permite, nos colocan a su lado en el Calvario, desde donde podemos identificarnos más fielmente a Cristo Salvador. Cuando se atiende a un enfermo, se atiende a Nuestro Señor Jesucristo, como él mismo nos enseña: «en verdad os digo que cuanto hiciereis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40).
Los textos evangélicos muestran que Jesús no actúa simplemente como un curandero, o un “sanador” de enfermedades, sino que también y, sobre todo, obraba como “rehabilitador” de hombres y mujeres que sufren los daños de la enfermedad. Por eso, no se detiene ante las normas religiosas de su tiempo, que prohibían trabajar en sábado o tocar a los leprosos para no contaminarse de impureza. Jesús se compadece de las personas marginadas por la enfermedad, se acerca a ellas con infinita misericordia y además convierte esa acción en parte importante de su tarea mesiánica, como se deduce de aquella respuesta que dio a los discípulos del Bautista: «Juan, que en la cárcel había tenido noticia de las obras de Cristo, envió a preguntarle por mediación de sus discípulos: ¿eres tú el que va a venir o esperamos a otro? Y Jesús les respondió: Id y anunciarle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio» (Mt 11, 2-6).
Pero Jesús no se acerca a los enfermos como lo haría un médico, o como un sacerdote que realiza ritos de purificación previstos por la Ley mosaica, sino que lo hace con la intención de recuperar a aquellos hombres y mujeres hundidos por el dolor físico y quizá también por la marginación a la que estaban expuestos en la sociedad de su tiempo. Lo que le mueve más bien es su amor absoluto e incondicional a los más necesitados. Un amor que nace de su corazón de carne pero que está anclado en su poder de Hijo de Dios, como muestra este texto: «Marchó a una ciudad llamada Naín e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. Al acercarse a las puertas de la ciudad, resultó que llevaban a enterrar un difunto, hijo único de su madre, que era viuda. Y la acompañaba una gran muchedumbre de la ciudad. El Señor la vio y se compadeció de ella. Y le dijo: “no llores”. Se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: “muchacho, a ti te digo, levántate”. Y el que estaba muerto se incorporó y empezó a hablar. Y se lo entregó a su madre» (Lc 7, 11-15) 8.
Jesús afirmó que «no necesitan el médico los sanos sino los enfermos» (Mt 9, 12) y por eso se mostró especialmente inclinado a atender a los enfermos y a los pecadores, a los que infundía fe, aliento y esperanza. Por eso los acogía, los escuchaba y les hacía sentirse comprendidos y amados por Dios; esto les ayudaba a creer de nuevo en el perdón de Dios y en la posibilidad de restablecer su relación con Él y con los hombres de su tiempo. Y, muchas veces, los curaba.
Llama también la atención que, en ocasiones, Jesús, para realizar un milagro de curación, se vale de signos sensibles (pone barro en los ojos del ciego, emplea saliva para curar a un sordo, etc.), para recalcar así que quiere emplear medios humanos, acciones sensibles, que hacen más visible la eficacia del milagro. De modo parecido, también hemos de actuar nosotros.
La preocupación por los enfermos está presente en la Iglesia desde los inicios del cristianismo. La compasión y la misericordia, sobre todo con los más necesitados, es lo que la hace creíble y respetable.
Cristo es el modelo que la Iglesia ha encontrado para seguir desarrollando esa tarea, convirtiéndose así en lo que podríamos llamar “comunidad sanadora”: «La Iglesia ha mostrado siempre el más vivo interés hacia los que sufren, con lo que no hace otra cosa que seguir el ejemplo de su Fundador y Maestro. Cristo se acercó incesantemente al mundo del sufrimiento humano. Pasó haciendo el bien y curando (Act 10, 38) y ese obrar suyo se dirigía ante todo a los enfermos» 9.
En los primeros siglos del cristianismo se encuentra muy presente esta actividad específica y los enfermos ocupan un lugar preferente en la solicitud de los obispos. Baste un ejemplo tomado de la Carta de S. Policarpo, obispo de Esmirna, en el s. II: «Los presbíteros han de tener entrañas de misericordia, ser compasivos para con todos..., visitando a todos los enfermos, no descuidándose de atender a la viuda, al huérfano, al pobre»10.
El mismo principio aparece en otro interesante texto: «Conviene a los hermanos en Cristo, y es cosa para ellos justa y decorosa, visitar a los que están atormentados por espíritus malos, y orar, y conjurarlos empleando preces que sean aceptables ante Dios, pero no palabras espléndidas, compuestas con mucho estudio y preparadas a fin de aparecer ante los hombres como elocuentes y de feliz memoria. Así pues, oren santamente y pidan a Dios con fervor y con toda sobriedad... De este modo hemos de acercarnos al hermano o hermana enfermos, visitémosles de la manera que conviene hacerlo: sin engaño, sin amor al dinero y sin alboroto... como hombres que recibieron del Señor el carisma de sanar. Cosa hermosa es ayudar a los enfermos»11.
El Papa Benedicto XVI aportaba un hecho histórico muy interesante sobre esa cuestión12. A partir del siglo IV, con la paz de Constantino, se extiende y amplía esta tarea mediante la figura del “hospital”, que se nos muestra desde el principio como institución de cuño cristiano (el primero es el creado por san Basilio de Cesarea, hacia el año 370). Luego, con los monasterios de benedictinos y en las diversas rutas de peregrinos (a Jerusalén, Roma o Santiago) aparecen las llamadas “enfermerías” u hospitales, como lugares de acogida de enfermos, también ligados a las estructuras eclesiásticas. En el Medioevo surgen muchos hospitales como una respuesta a la movilidad de la población, a lo largo de los caminos de peregrinación de la naciente Europa. Se construyen junto a iglesias y monasterios, para acoger a esas personas que enferman, aunque también son, ocasionalmente, respuesta al problema de las pestes. Así, pues, el nacimiento de los hospitales en Europa fue un hecho cristiano, como respuesta a esas necesidades13.
En la Edad Moderna, cuando los poderes públicos asumen como propias las tareas asistenciales, surgen figuras como san Juan de Dios, san Camilo de Lelis, san Vicente de Paúl o el P. Damián (que atendió leprosos en la isla Molokai), por citar a los más representativos, que suponen una notable revolución en el modo de tratar a los enfermos, al hacer de la caridad (acogida, buen trato, servicio generoso, etc.) el distintivo de la atención14. Así lo resumía san Juan Pablo II: «En el correr de los siglos, la Iglesia ha sido muy sensible al ministerio para con los enfermos y los que sufren, como parte integrante de su misión, y no solo ha favorecido entre los cristianos la floración de diversas obras de misericordia, sino que ha hecho surgir de su seno muchas instituciones religiosas con la finalidad específica de promover, organizar, perfeccionar y extender la asistencia a los enfermos y a los débiles»15.
Detrás de esa preocupación se encuentra el convencimiento de que, con palabras de Benedicto XVI, «la enfermedad se convierte en ocasión de un encuentro que nos transforma; en el hallazgo de una roca inquebrantable a la que podemos aferrarnos para afrontar las tempestades de la vida; una experiencia que, incluso en el sacrificio, nos vuelve más fuertes, porque nos hace más conscientes de que no estamos solos. Por eso se dice que el dolor lleva siempre consigo un misterio de salvación, porque hace experimentar el consuelo que viene de Dios de forma cercana y real, hasta “conocer la plenitud del Evangelio con todas sus promesas y su vida” (S. Juan Pablo II, Discurso a los jóvenes, Nueva Orleans, 12 septiembre 1987)»16.
Conviene recordar que, desde hace más de un siglo, en el ámbito católico se había difundido mucho la llamada “Medicina pastoral”17, y también que a mediados del s. XX, se empieza a hablar en el seno de la Iglesia de “Pastoral de la Salud”, como una materia especifica dentro del campo de la Teología pastoral. Su ámbito corresponde a todos los enfermos, hospitalizados o en sus domicilios y quiere llegar también –para ser realmente eficaz– a todos sus cuidadores (médicos, enfermero/as, auxiliares, etc.) del mundo sanitario18.
San Josemaría Escrivá –que padeció muchas enfermedades y dolores a lo largo de su vida19–, enseñó a abrazar el dolor como una caricia divina20 y al mismo tiempo, animó a esforzarse por tratar con cariño a los enfermos, considerando que son “Cristo que sufre”. Desde joven, Dios fue forjando su alma con el dolor de las personas queridas (murieron tres hermanas pequeñas suyas) y más tarde con un sinfín de padecimientos, hasta el punto de afirmar que no tenía; solía comentar: «in laetitia nulla die sine Cruce»21. Era consciente de que, como enseña el libro de Job, Dios a veces corrige con la enfermedad (cfr. Job 33, 19), y, por esto, conviene aprovechar esa oportunidad. Porque la enfermedad22 está presente, de un modo u otro, en la vida de todos los hombres: «en esta vida no nos pueden faltar ni las alegrías ni las penas. Pero no olvidéis que si Dios nos manda muchas alegrías es porque nos quiere, y si nos manda alguna pena es para probar que le queremos»23.
Desde el comienzo de su labor, pidió a muchos enfermos su oración y el ofrecimiento de sus dolores para que le ayudaran a cumplir la voluntad de Dios. «Fueron –escribió– añosintensos, en los que el Opus Dei crecía para adentro sin darnos cuenta (…). La fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid, los más miserables, los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana»24. En ellos, afirmaba, podemos encontrar a Cristo crucificado cargado de gracia para nosotros; son un tesoro que deberíamos valorar porque «después de la oración del Sacerdote y de las vírgenes consagradas, la oración más grata a Dios es la de los niños y la de los enfermos»25.
Una característica fundamental en el sacerdote es la capacidad de compadecerse de sus hermanos y de acudir en su auxilio. Eso se conoce como misericordia: tener el corazón cercano a las miserias de los demás. La miseria primordial es el pecado, pero como consecuencia del pecado entró la muerte en el mundo, y, con ella, una serie de desórdenes y desajustes, entre los que hay que citar el dolor y la enfermedad. En la meditación de la vida y enseñanzas de Jesús en el Evangelio, al considerar el capítulo 25 de san Mateo, en la escena del juicio final, se ve claramente que Jesús se identifica con los que tienen esas miserias: los que tienen hambre, sed, están desnudos, hambrientos, enfermos, etc.
En esa línea se puede entender mejor esa afirmación de san Josemaría, que «encontró en el Patronato de Enfermos su corazón de sacerdote»26. Ya de antes, en los tiempos de su formación para recibir el sacerdocio, había meditado mucho sobre lo que eso significaba. Entre los testimonios de sus compañeros de seminario se encuentran referencias a ese sentido del sacerdocio que le empujaba a ir al encuentro de los demás. Pero, tras la experiencia “fuerte” de Madrid en los años veinte y treinta (su trato con niños, enfermos en hospitales, etc.), esa tensión hacia los demás se presenta también con la fuerza de la pobreza, del desamparo y de la enfermedad y le lleva a ver con nueva claridad y fuerza la identificación de Jesús con el desvalido. Así llegó a escribir:
«–Niño. –Enfermo. –Al escribir estas palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula? Es que, para un alma enamorada, los niños y los enfermos son Él».27
Pero cabe preguntarse: ¿cómo vivió esa atención a los enfermos, por medio de la cual encontró su corazón de sacerdote? Los biógrafos cuentan las muchas horas que dedicó entre los años 1927 y 1931 a la atención de enfermos28.Y cuando ha de abandonar el Patronato de Enfermos y va a comenzar a acudir al Hospital General, escribe: «Ayer hube de dejar definitivamente el Patronato, los enfermos, por tanto: pero, mi Jesús no quiere que le deje y me recordó que Él está clavado en una cama de hospital»29.
Esta predilección por los enfermos, se muestra, también, en unas palabras suyas, tres años antes de morir, con las que ponía fin a una tertulia en Barcelona: «Me espera un enfermo, y no tengo derecho a hacer esperar a un enfermo, que es Cristo»30.
Esta identificación del enfermo con Cristo aparece frecuentemente en sus escritos. Podría resumirse así: donde hay dolor –se entiende, un dolor aceptado y ofrecido a Dios– allí esta Cristo. Como enseña el Papa san Gregorio: «la enfermedad nos muestra la propia debilidad y reforma del alma, la purificación de los pecados cometidos y la reprime de los que podría cometer. El dolor físico nos hace callados y sufridos, nos recuerda nuestras culpas y nos trae a la consideración todo lo malo que hemos hecho. Por eso, al padecer exteriormente por dentro nos dolemos más de nuestros pecados y, por medio de la lesión corporal, se purifica más la herida oculta de nuestro corazón»31.
Impresiona, por ejemplo, el relato de san Josemaría en sus Apuntes íntimos referido a una de las primeras mujeres del Opus Dei, María Ignacia García Escobar, ingresada en el Hospital General de Madrid, con una grave enfermedad: «Ama la voluntad de Dios esa hermana nuestra: ve en la enfermedad larga, penosa y múltiple (no tiene nada sano) la bendición y la predilección de Jesús y, aunque afirma en su humildad que merece castigo, el terrible dolor que en todo su organismo siente, sobre todo por las adherencias del vientre, no es castigo, es misericordia»32.
Por ello, la enfermedad bien puede considerarse como un privilegio, o, con expresión audaz que alguna vez empleó san Josemaría, como una “caricia de Dios”, y los enfermos son, por tanto, “predilectos de Dios”33, Durante su labor en los hospitales de Madrid, cuando estaba comenzando el Opus Dei, pedía continuamente a los enfermos oraciones por algo de Dios que él tenía que sacar adelante, convencido de que los enfermos son muy gratos a Dios, y que su oración es escuchada y sube a la presencia del Altísimo.
Cuando una madre le habla de un hijo discapacitado, comenta: «Dios os ha bendecido de una forma especial, mostrando un cariño de predilección, porque el Señor –nos lo dice el Evangelio– prueba más a quien más quiere. Puedes estar segura de que sufro con vosotros y de que pido a Jesús que nos ayude a llevar su Cruz con alegría. Omnia in bonum! El mundo es bueno o, por lo menos, lo permite Dios, para que seamos mejores, ya que de grandes males saca grandes bienes»34.
El recurso a la intercesión de los enfermos fue también una de sus grandes experiencias durante su trabajo en el Patronato de Enfermos: «Pienso que algunos enfermos a los que asistí hasta su muerte, durante mis años “apostólicos” [se refiere a su trabajo con las Damas Apostólicas del Patronato de Enfermos] hacen fuerza en el Corazón de Jesús»35. Le gustaba recordar que «la fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas barriadas extremas».
Comentó con frecuencia que los enfermos son «nuestras joyas, el tesoro»36 del Opus Dei. Cuando en cierta ocasión le preguntan por el significado de esa frase, contesta así: «Ese sacerdote tenía que hacer el Opus Dei... ¿Y sabéis cómo pudo? Por los hospitales. Aquel Hospital General de Madrid cargado de enfermos, paupérrimos, con aquellos tumbados por la crujía, porque no había camas; aquel hospital, del Rey se llamaba, donde no había más que tuberculosos pasados, y entonces, la tuberculosis no se curaba. ¡Esas fueron las armas para vencer! ¡Ese fue el tesoro para pagar! ¡Esa fue la fuerza para ir adelante!...»37.
San Josemaría tuvo siempre ese convencimiento de la intercesión poderosa ante Dios de los enfermos, a los que pedía el ofrecimiento de sus dolores para que le ayudaran a cumplir la Voluntad de Dios, y señaló que «la fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los hospitales de Madrid». El motivo es claro. El cristiano que se sabe hijo de Dios, tiene la certeza de que siempre está en las manos amorosas de su Padre-Dios. Y donde algunos encuentran en la enfermedad solamente una carga, a veces insoportable, el hijo de Dios halla un tesoro de gran valor, y aprende a «llevar con paciencia la enfermedad, sin queja ni aflicción y la agradece a la divina Providencia»38.
Con la misma fuerza con que san Josemaría exhortaba a aceptar la enfermedad cuando ésta llega, viendo en ella una manera de unirse a la Cruz de Cristo, animaba igualmente a cuidar de la salud corporal para ser buenos instrumentos en el servicio de Dios, haciéndose eco de aquellas palabras de la Escritura: «la salud y el bienestar valen más que el oro, y un cuerpo robusto más que una fortuna» (Sirac 30, 15). Pues tener buena salud permite de ordinario trabajar intensamente en la viña del Señor, desde la primera hora del día hasta la última, llevando con alegría «el peso del día y del calor» (Mt 20, 12).
Si incluso poniendo los medios, se enferma, lo que hay que hacer es ofrecer a Dios la enfermedad. Con palabras de san Agustín cuando animaba a pedir a Dios la salud: «si conoce que te ha de ser de provecho, te la otorgará, y si no te la da, es que no te conviene tenerla»39.
San Josemaría animaba a cuidar –sin obsesionarse– la salud, poniendo los medios ordinarios que dicta el sentido común, sin permitirse el lujo de estar enfermos, pero poniendo en práctica los recursos –sobre todo el descanso necesario– para estar en buenas condiciones físicas y así poder trabajar intensamente. Muy interesante es aquel consejo suyo: «Decaimiento físico. Estás derrumbado. –Descansa. Para esa actividad exterior. –Consulta al médico. Obedece, y despreocúpate. Pronto volverás a tu vida y mejorarás, si eres fiel, tus apostolados»40.
Un buen resumen de su enseñanza sobre la salud y la enfermedad se encuentre en las siguientes palabras: «Ahora, la mayor parte de vosotros sois jóvenes; atravesáis esa etapa formidable de plenitud de vida, que rebosa de energías. Pero pasa el tiempo, e inexorablemente empieza a notarse el desgaste físico; vienen después las limitaciones de la madurez, y por último los achaques de la ancianidad. Además, cualquiera de nosotros, en cualquier momento, puede caer enfermo o sufrir algún trastorno corporal. Solo si aprovechamos con rectitud –cristianamente– las épocas de bienestar físico, los tiempos buenos, aceptaremos también con alegría sobrenatural los sucesos que la gente equivocadamente califica de malos. (...) Se requiere, pues, una preparación remota, hecha cada día con un santo despego de uno mismo, para que nos dispongamos a sobrellevar con garbo –si el Señor lo permite– la enfermedad o la desventura»41.
Es bien conocido el drama de la medicina moderna, técnicamente tan sofisticada, que puede llegar a saber con perfección lo que sucede en el hígado o en el cerebro de una persona, y sin embargo desconocer lo que sucede en el interior del sujeto que padece esa patología. De hecho, existe, en el mundo sanitario, un clamor unánime en favor de la llamada “humanización” de la medicina. Hay necesidad de reforzar en la práctica clínica el enfoque centrado en la persona. Y es que los profesionales sanitarios no solo deben contar con conocimientos técnicos y científicos de alto nivel, sino también con habilidades comunicativas, empatía y estrategias que permitan atender a los pacientes de manera integral, respetando su dignidad, emociones y necesidades individuales42.Esto conecta –me parece– con lo que queremos resaltar aquí, al referirnos al cuidado y acompañamiento de los enfermos, procurando ver en cada uno de ellos a una persona que sufre, siempre necesitada de atención y de afecto.
La carta Samaritanus bonus de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de 14 julio de 2020, hace una invitación a la sociedad en general, y a los agentes sanitarios y hospitales católicos en particular, a desarrollar una «mirada contemplativa» dirigida de modo especial hacia los más débiles y heridos, aquellos que son incapaces de levantarse por sí mismos. No conviene olvidar que la palabra enfermo proviene de in-firmus, el que no puede mantenerse firme. El corazón del buen samaritano es un “corazón que ve” y sale del camino para encontrar al necesitado. Es preciso convertir esa mirada contemplativa del corazón en un gesto de misericordia.
Ante cualquier enfermo, en primer lugar, hay que adoptar una actitud de respeto, casi de veneración, “descalzarse los pies”, como Moisés en el Horeb. Se cuenta de san Camilo de Lelis que «estaba ante ellos con un respeto tan grande como si real y verdaderamente estuviera en presencia del Señor»43. Esa es la actitud que sería bueno tener siempre presente cuando se visita o se trata a un enfermo.
Ya hemos comentado que, para san Josemaría, los enfermos son “nuestras joyas”. Enseñó, por eso, que, en el cuidado de los enfermos, «no basta la caridad oficial, fría, ¡cariño! Si fuera necesario robaríamos para ellos un pedacico de cielo, y el Señor nos disculparía»44. En cierta ocasión, comentaba de unos hijos suyos enfermos: «¡Con qué alegría llevan la enfermedad! Cuando nos toque, si hemos sido humildes, Dios nos ayudará y no daremos guerra, seremos la alegría del Centro donde estemos; seremos la fortaleza de la Obra, seremos una gran manifestación de amor a Dios y del amor de Dios»45. Se necesita –comenta el Papa Francisco– calor humano, cercanía, poner el corazón en el trato46.
Señalamos, brevemente, algunos aspectos a tener en cuenta en el cuidado de los enfermos:
a) Ante todo, cuando es posible, hay que procurar quitar el dolor, que constituye la primera tarea de todos los profesionales de la medicina. Afortunadamente, la analgesia ha avanzado mucho en la actualidad, y puede afirmarse que –aunque existen excepciones– se logra casi habitualmente, al menos, aliviar el dolor. Ante posibles reticencias sobre la conveniencia en personas cristianas de soportar o no los dolores, recordamos unas palabras de san Josemaría: «el dolor físico, cuando se puede quitar, se quita. ¡Bastantes sufrimientos hay en la vida! Y cuando no se puede quitar, se ofrece»47. Este planteamiento está hoy presente en cualquier centro sanitario, aunque luego se viva mejor o peor.
b) A la vez, hay que esforzarse en hacerles agradables esos momentos incómodos de la enfermedad. San Josemaría decía: «Desde siempre, cuando he visto algún hijo mío con enfermedad, he dicho a los que tienen que atenderlo: hijos míos, que esta criatura no se acuerde de que tiene lejos a su madre. Quiero indicar con esto que, en esos momentos, hemos de ser nosotros como su madre, para ese hijo mío y hermano vuestro, con el cariño y los cuidados que ella pondría»48. Recordando esas palabras, el beato Álvaro del Portillo contaba una anécdota, muy gráfica, que le escuchó a san Josemaría: «aquella monja enferma, que recibió a su confesor, y que ante la pregunta del sacerdote que quería saber si estaba contenta, si la trataban bien las demás religiosas, contestó “aquí me tratan con caridad, pero mi madre me trataba con cariño”»49.
Conviene procurar a todos los enfermos la atención y los cuidados necesarios, y especialmente derrochar con ellos comprensión y cariño. Ciertamente, distinto es el papel de los profesionales de la medicina, el de la familia o el de los amigos, pero a todos les compete la actitud de máximo respeto, viendo en cualquier enfermo a un ser vulnerable, necesitado de afecto50. Esa ayuda tiene diversas manifestaciones: acompañar, ayudar al paciente en las comidas, en su movilidad, también en sus rezos, etc.51 Tampoco puede faltar esa ayuda, cuando el enfermo se vuelve problemático o impertinente. Siempre recordaré unas palabras que escuché al beato Álvaro del Portillo, sucesor de san Josemaría, en una reunión que tuvo con los capellanes de la Clínica Universidad de Navarra, el 3-IX-1990. Nos decía: «Que tengáis mucha paciencia, que tengáis mucha comprensión con los enfermos. Los enfermos tienen derecho a ser impertinentes, porque muchas veces no son dueños de sus actos, y pueden ser impertinentes y caer en la impaciencia, y todo eso... Pero vosotros no tenéis derecho a ser impertinentes con ellos y a ser impacientes, sino a derrochar paciencia, a derrochar cariño, a quererles viendo en los enfermos -como son- a Nuestro Señor Jesucristo».
c) Evitar el “complejo de enfermo”. Cuando uno está enfermo, debe dejarse cuidar, haciendo caso a los consejos médicos, sin caer en los caprichos. Habrá que luchar contra el amor propio, el egoísmo, evitando encerrarse en sí mismo. San Josemaría advertía del peligro de que, «mientras estamos enfermos, podemos ser cargantes: “no me atienden bien”, “nadie se preocupa de mí”, “no me cuidan como merezco”, “ninguno me comprende”... El diablo, que anda siempre al acecho, ataca por cualquier flanco; y en la enfermedad, su táctica consiste en fomentar una especie de psicosis, que aparte de Dios, que amargue el ambiente, o que destruya ese tesoro de méritos que, para bien de todas las almas, se alcanza cuando se lleva con optimismo sobrenatural, ¡cuando se ama el dolor!»52.
Y los que acompañan al enfermo, deberán hacerlo con delicadeza, estando pendientes de las indicaciones médicas (medicación, régimen de vida, etc.), del descanso y de las distracciones oportunas, para que nunca se sienta solo.